Gustavo Adolfo Bécquer

RIMA IX

Besa el aura que gime blandamente

las leves ondas que jugando riza;

el sol besa a la nube en Occidente

y de púrpura y oro la matiza;

la llama en derredor del tronco ardiente

por besar a otra llama se desliza,

y hasta el sauce inclinándose a su peso,

al río que le besa, vuelve un beso.

Este poema, desde un punto de vista formal, está escrito en ocho versos endecasílabos que forman un mismo párrafo. Se trata de una octava real que no sigue la típica estructura en tres partes. La unidad de métrica y de sonoridad, coherente, hace de él un pequeño universo, siendo una de las composiciones más estudiadas de la obra del sevillano. Sin embargo, este análisis superficial no sirve para gran cosa: un mono adiestrado puede medir versos; hacer con ellos belleza, encontrar las palabras adecuadas para expresar los sentimientos, es la verdadera literatura.

Hay, en esta canción de Bécquer, desde mi punto de vista, un carácter absoluto del beso. No como fenómeno puntual entre dos personas, sino como ley universal que nutre a esos seres afortunados. Se trata de una sublimación que acerca al escritor a la obra de los místicos panteístas, pues nada humano escapa del beso y nada divino le falta, siendo que la Naturaleza en su conjunto habita en él.

Para recrear esta convivencia de lo humano en la naturaleza y de la naturaleza en la divinidad, Bécquer asocia los ocho versos en cuatro pares, resultantes en espejos de las cuatro edades del hombre: infancia, juventud, madurez y vejez. Ahora bien, ¿cuál es su funcionamiento?

Para simbolizar la infancia, el poeta habla del aura, de la pureza, del juego pueril con el cabello de su enamorada. Con respecto a la juventud, encontramos el beso, en el que el joven (un Apolo, rubio como el sol) tiñe de dorado y de rubor el rostro de su amada. En cuanto a la madurez, Bécquer halla una hermosa metáfora con el tronco ardiente pues, por medio de la pasión, hombre y mujer se abrazan para formar una poderosa rama creadora de vida. Para hablar de la senectud, nos remite al viejo sauce, vencido en su virilidad, solo capaz de devolver ternura al amor juvenil que ejemplifican las aguas del río.

Los elementos que simbolizan la naturaleza están elegidos con cuidado. Opino que la nube, en Occidente, es un contrapunto que nos lleva al ocaso, cuando algo de nosotros muere. Esta desesperanza, posiblemente un eco de la primera redacción del poema (la que nos ocupa, tan conocida, es la segunda), arroja un poso de amargura. No es un borrón sobre la idealización del amor. Interpreto que, a pesar del poeta, es una puerta abierta a que las cosas pueden salir mal y que, pese a eso, merece la pena intentarlo. Aunque, si nos dejamos llevar por una visión literal de las cosas, el camino de estos enamorados lleva a la noche, donde su amor culminará a salvo de miradas indiscretas.

También merece destacarse el lugar que ocupa el reino vegetal en este poema, que podríamos vincular sin dificultad a cualquier teoría de Gaia. Es la planta principio y final del superorganismo, punto central y, en definitiva, cordón umbilical con Dios.

Me pregunto si el sauce, viejo guardia de las esencias humanas, más que vencido por el tiempo no esta florido y victorioso, primaveral, siendo que por ello saborea las mieles del agua risueña que a su lado yace. ¡Qué bonito giro de significado sería, para el poema! Porque, si alguien ha podido jugar con las palabras, ese fue Bécquer, nuestro Byron.

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