Federico García Lorca

ROMANCE DE LA LUNA, LUNA

“(…) Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados”.

Para escribir en el lenguaje de Federico es preciso hacerse niño, olvidar la métrica, encontrar la belleza que se halla en lo mundano. Porque el arte del granadino es cosa sencilla: huye del artificio, se deleita en las escenas de calle que ve desde su cuarto en Asquerosa, se hace hombre a la sombra de los olivos.

En este poema su objeto de estudio es un niño gitano que, enfermo, siente la presencia de la Muerte. Esta, encarnada en la luna blanca, llama al gitanillo, quien tiene mucho miedo y la rechaza. El diálogo entre el pobre niño y la Muerte es conmovedor; es la sutileza hecha obra.

Es fácil dejarse llevar por la belleza compositiva de la literatura de Federico: versos como “(…) Por el olivar venían, bronce y sueño, los gitanos. Las cabezas levantadas y los ojos entornados” están al alcance de pocos poetas. Su facilidad para describir sensaciones con pocas palabras hace que nos recorra un escalofrío la espalda porque, lejos de lo que se suele explicar en los cursos de escritura creativa, su técnica consiste en abrir los ojos y observar las cosas sencillas.

Y, sin embargo, me parece que la técnica de Federico se hace presente, especialmente, en su capacidad para dar ritmo a la composición. No creo que sea por casualidad que el poeta se refiera a los caballos, cuyos cascos herrados baten la tierra de forma atronadora y acompasada, marcando ese ritmo al que aludía. Tampoco el jinete toca el tambor por casualidad. La fragua, imposible de entender sin un martillo cayendo con una cadencia vigorosa sobre el hierro al rojo vivo, es también un elemento casi musical.

Por esto, se crea un acertado contrapunto entre esta fuerza rítmica y el tono pausado del poema al natural (pues el tema, el niño enfermo, no admite estridencias).

A este juego de contrastes delicados se le suma, de forma evidente, la lucha de sentidos entre la noche oscura y el “blancor almidonado” de la luna. Un juego mortuorio en el que la categorización moral entre el bien y el mal, nos hace dudar. ¿Por qué insiste la Muerte en llevarse al niño, siendo que este no quiere acompañarla? ¿Por qué nos cuesta tanto odiarla, si en el poema es raptora y asesina?

La obra de Federico, aparentemente simple, resulta de lo más compleja. Interpretar que el granadino fue grande simplemente porque lo mataron es desvalorizarlo.

Federico. Siempre Federico.