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EL POPULISMO SE ALIMENTA DE LA TRAGEDIA DE LOS REFUGIADOS.

Por Jorge I. Aguadero Casado.

– Publicado en el Global Times China [papel y digital] el 20/09/2018 –

El artículo, en papel

Actualmente Europa ha provocado una ola de agitación política mundial debido a nuestra gestión errática frente al alud de refugiados que tratan de entrar en nuestras fronteras. Los europeos estamos escenificando un juego contradictorio en el que, por un lado, mostramos nuestra cara más generosa haciendo declaraciones grandilocuentes de bienvenida sin haberlo planificado en detalle y, por el otro, impedimos su entrada con alambradas de espino incumpliendo los tratados que nosotros mismos nos imponemos. Este caos es peligroso porque, si nuestro plan fuera malo, aún podríamos enmendarlo, pero no tenerlo nos perjudica a nosotros mismos, daña a los refugiados y amenaza la estabilidad de nuestros vecinos.

Al lector chino le llamará la atención este comportamiento desorganizado ante un problema de esta envergadura. Debe entender que la Unión Europea, pese a su nombre inspirador, nunca ha estado cohesionada. Entenderá mejor Europa si la imagina como unas vías férreas con tres velocidades. Por una parte están los Estados del Centro y del Norte (encabezados por Alemania), representantes de la alta velocidad ferroviaria, cuya significativa renta per cápita les ha permitido hacer importantes inversiones en gasto público, destacando por sus políticas avanzadas en I+D. Son el motor de Europa. Esta fuerza económica les ha permitido liderar la Unión Europea haciéndose cargo de la deuda que generan los Estados deficitarios a cambio de monopolizar la toma de decisiones. A su favor hay que destacar el rigor para que las cuentas de la Unión Europea cuadrasen; en su contra, se aman a sí mismos por encima de sus posibilidades.

Por otra parte están los Estados del Este. En la analogía con el sistema ferroviario que les propongo representan los trenes de mercancías, la baja velocidad. En su mayor parte vienen de condiciones políticas y económicas muy difíciles, con salarios mínimos interprofesionales estandarizados alrededor de los 500 € mensuales. Perciben ayudas de los fondos económicos de la Unión Europea y su desarrollo industrial es una meta a largo plazo. A su favor les diré que encarnan la capacidad de resiliencia del ser humano; en su contra, que las heridas de sus guerras civiles son una fuente de problemas que aún está por cicatrizar.

Y, finalmente, estamos los Estados del Sur. Somos trenes de largo recorrido absolutamente impredecibles con respecto a su puntualidad. Nuestra principal fuente de recursos económicos es el turismo, siendo Estados en los que el sector terciario creció desproporcionadamente por un abrupto abandono del sector primario a mediados del siglo pasado. A nuestro favor les diré que valoramos mucho la felicidad como concepto; en nuestra contra, nos lastra un excesivo individualismo.

Con esto se habrán hecho una idea de lo complicado que es llevar a cabo los dictados de la Eurocámara: esta genera leyes, pero los Estados miembros no las respetan. Lo que interesa a la alta velocidad es letal para las otras dos. Y viceversa. Esto hace que Europa sea lenta e ineficiente. Es, si me permiten una nueva analogía, un aviso a tener en cuenta a propósito de cómo los organismos que no se adaptan a los cambios acaban extinguiéndose.

A medida que la Unión Europea crecía con la incorporación de nuevos estados asociados, las desavenencias internas se iban acrecentando. Los debates parlamentarios parecían dar la espalda al ciudadano común, quien se veía cada vez más desprotegido ante la posición dominante de las grandes empresas. Pero, en lugar de tratar de ganarse la confianza del europeo medio, las medidas neoliberales de la Eurocámara hicieron más agudos los recortes en protección social. El modelo se había radicalizado. Se había roto el célebre pacto social propuesto por Hobbes (“Leviatán”, 1651) y refinado por Rousseau (“El contrato social”, 1762), donde los hombres ceden parte de la libertad que tendrían viviendo en total libertad como los animales a cambio de tener leyes en las que prosperar. Y, si la situación ya era delicada, inmediatamente se iba a complicar mucho más.

Los teóricos del neoliberalismo tienden a olvidar que no están solos en el mundo. Cuando el gobierno norteamericano inició sus bombardeos en Oriente Medio en busca de petróleo barato provocó, entre otras muchas cosas, un éxodo de refugiados masivo. ¿Se preocupó el gobierno norteamericano de estas personas? No, pues su nación quedaba lejos de la ola migratoria. Pero los refugiados llamaron a las puertas de Europa. Llevaban consigo el hambre y el terror de estar viviendo una guerra. Los europeos, que no habíamos destacado precisamente por ayudar cuando en los Balcanes hubo matanzas en los años 90, miramos a otro lado. Los primeros días confiamos en que el Mediterráneo feroz les engullera, en que las aguas ahogasen sus gritos. Pero los refugiados seguían llegando. Por centenares de millares.

Esta situación, que desbordaba por completo la capacidad de ayuda de la Unión Europea, le vino muy bien a los populistas emergentes. La Eurocámara no hallaba más solución al problema que inyectar dinero, pero era un remedio con fecha de caducidad. La sensatez induce a pensar que los sacos sin fondo solo existen en los cuentos de hadas, mas nuestros políticos estaban aterrorizados por el ascenso en los sondeos de opinión de los partidos populistas y Merkel trató de imponer una política de cuota de acogidas que sentó muy mal entre sus socios, quienes temían el caos en sus finanzas y en términos de seguridad en las calles si se daba la entrada abrupta de los refugiados. Austria y Hungría dieron los primeros avisos serios de que no iban a aceptar la entrada en su territorio de decenas de miles de refugiados, por lo que se generó mucha tensión. La canciller alemana, viendo que sus votantes empezaban a cambiar el sentido de sus simpatías políticas, se mantuvo firme… hasta que la Unión Europea colapsó. El populismo tomó mucha fuerza con el argumento de que la política tradicional se mostraba ineficaz. La ultraderecha y la ultraizquierda, a priori tan polarizadas, tenían el interés convergente de aprovechar este fracaso en forma de estallido social.

Los líderes populistas tradicionales, con claras aspiraciones al poder en sus respectivas campañas electorales, vieron un filón en los refugiados. Es por eso que, una y otra vez, sus medios de comunicación afines vuelcan su atención en esta crisis humanitaria. Estos critican la actuación de los gobernantes locales con el fin de erosionar su credibilidad ante los ciudadanos, en una astuta maniobra para poner los centros de decisión bajo el control de los líderes populistas. Obviamente son conscientes de que el problema de Oriente Medio y de África exige actuaciones estructurales que están lejos de la capacidad de actuación de los Estados por separado, pero se frotan las manos con la expectativa de explotar mediáticamente la tragedia de estas personas. Cada víctima les da una pequeña victoria ante la opinión pública, muy sensible al horror que están padeciendo. Miles de víctimas son miles de pequeñas victorias.

En la misma línea, pero con argumentos contrarios, los populistas de ultraderecha argumentan que cada refugiado es un potencial delincuente que, además, viene a robarnos el trabajo. Una fuente de enfermedades infecciosa que odia nuestro país y que tiene el objetivo de aprovecharse de nuestras ayudas sociales hasta el fin de sus días. Esta versión del razonamiento suele venir acompañada por la coletilla “tienen muchos hijos y estos seguirán exprimiendo nuestros impuestos”.

La gran barrera que separa el corazón de muchos europeos de los refugiados de Oriente Medio y de África tiene su razón de ser en la complicada integración de estos en la sociedad occidental. Nos aleja un mutuo desconocimiento, pues proceden de países islámicos y nuestro sustrato cultural es cristiano. El europeo medio siente miedo ante la perspectiva de que implanten en nuestro continente sus costumbres, especialmente en lo relativo a los derechos de la mujer. Siente que la identidad de Europa está siendo erosionada, que son una carga para la sociedad y que, en el choque de civilizaciones, sale perdiendo.

Sé que les puede resultar llamativo que la opinión pública europea se preocupe por los refugiados hasta el punto de poner en peligro la propia existencia de la Unión Europea, pero el viraje de la socialdemocracia al populismo encuentra una justificación cómoda en nuestro pasado como emigrantes forzosos. Tenemos una deuda de gratitud (especialmente con Argentina) difícil de cuantificar. Cuando los nazis se adueñaron del continente, los europeos que cruzaron el océano en busca de una nueva vida fueron bien recibidos. Mas la piedra de toque en este asunto fue, como les anticipé, la Guerra de los Balcanes. Hubo un generoso baño de sangre, como ustedes saben. Europa, destripada dentro de sus fronteras, siguió con la vista al frente como si nada pasase. Es una herida que supura en nuestras conciencias.

En este punto les invito a hacer una pausa, pues el populismo europeo tiene particularidades étnico-culturales que lo hacen distinto de su inspirador, el populismo sudamericano. En América del Sur surge como respuesta al poder que las compañías transnacionales ejercen sobre los campesinos, mientras que en Europa emerge a partir de una clase media acomodada que se siente huérfana de sus privilegios. De hecho, el populismo europeo no está definido por una sola alineación a la derecha o a la izquierda del espectro político convencional, dándose circunstancias como la de Grecia, en la que la ultraderecha y la ultraizquierda comparten la presidencia del Estado. Así, desde mi punto de vista, el populismo europeo se caracteriza por los siguientes elementos: llamamiento a sus bases populares con pretextos humanitarios, hiperexpansión en las redes sociales y convocatorias de huelga para mostrar músculo. Con estos tres elementos se han ganado la confianza de tres grupos de población muy activos políticamente: las personas idealistas, los jóvenes adictos a Internet y los trabajadores que han sido castigados con condiciones de vida precarias tras la crisis económica de 2008.

Con los gobiernos europeos en la cuerda floja debido a sus desalentadores índices de popularidad, las negociaciones sobre la crisis de los refugiados se complicaron aún más. Ningún dirigente quería dar un paso atrás, por miedo a perder la confianza de sus bases electorales. Entonces, cuando parecía que se había tocado fondo y no se podía ir a peor, llegó el golpe más duro para la Unión Europea: uno de sus miembros nos abandonó. Y no se trataba de un pequeño Estado con poco peso en la toma de decisiones, se fue el único miembro que, de forma efectiva, ponía el contrapeso al empuje de Alemania. El Reino Unido consumó el Brexit, debido al miedo a que la presión de los inmigrantes sobre su mercado laboral y sobre sus mecanismos de ayuda social acabase con su prosperidad. Así, tras este golpe del populismo, la Unión Europea se encuentra ante una situación altamente complicada: nuestro orgullo nos pide exigir condiciones duras para la salida de nuestro socio, pero no parece inteligente ir creándose enemigos cuando al otro lado del Atlántico tenemos a Trump enrocándose en posiciones peligrosamente proteccionistas. Estos días ha ganado terreno la idea de negociar en términos más relajados con el gobierno de Theresa May, aprovechando que los líderes del Brexit duro han caído (David Davis y Boris Johnson), pero el temor que estremece a muchos europeos es que esta forma débil de negociar dé alas a los movimientos separatistas dentro de la Unión Europea.

Tras esta demoledora victoria del populismo, los líderes de los partidos tradicionales optaron por tratar de ocupar parte del nicho de votantes populista. La posición de fuerza alemana para decidir por la Unión Europea se basaba en su tradicional poder económico, pero el Deutsche Bundesbank no puede afrontar la sostenibilidad de esta gran ola migratoria. Por ello, la canciller Merkel se ve obligada a firmar acuerdos de contingencia con sus socios europeos a todas luces nefastos para sus intereses personales, en lo que muchos analistas han coincidido en apreciar como un giro populista en su política. Esto se ha traducido en que, por ejemplo, Italia cierra las fronteras portuarias y amenaza con hundir barcos con refugiados para satisfacer a la ultraderecha, mientras que España, por su cuenta, permeabiliza las fronteras de la Unión Europea para satisfacer a la ultraizquierda.

Así, el Sur de Europa actúa por su cuenta, el Este no quiere oír hablar de cuotas de acogida y los propios alemanes, tras la experiencia de las agresiones sexuales de la Navidad de 2015, recelan de los refugiados. Caso aparte son los atentados islamistas, que ponen de manifiesto la fragilidad de nuestro modelo social ante la barbarie. Entonces, puesto en entredicho el liderazgo de la canciller alemana, Angela Merkel es consciente de que podría perder su puesto y da brazadas en el océano intentando asirse a un bote. A todo esto, Trump (supuestamente un aliado) nos amenaza con guerras comerciales, nos falta al respeto y actúa unilateralmente.

En España no nos libramos de las tensiones que azotan Europa con respecto a los refugiados. La opinión pública, mediatizada por el populismo, esta anclada en una bipolaridad entre “buenos y malos”, donde unos son los que quieren acoger y los otros los que no. La verdad, desde mi punto de vista, es que dicho acercamiento primario no aporta soluciones. Desde un punto de vista filosófico pienso que se podría glosar:

  1. Todas las personas merecen un trato justo.
  2. Ante la tragedia del hambre y la guerra en los países subdesarrollados, el primer mundo ha de intervenir.
  3. Pretender ayudar por encima de las propias posibilidades conduce al desastre.

Ahí entran en juego factores concretos difíciles de conciliar con nuestra moral. Pensemos en España, por ejemplo, donde el sistema de sanidad pública se ha tensado, donde las ayudas para las becas comedor y la falta de plazas en la escuela pública son temas recurrentes cada curso, donde el sueldo mínimo es de 825 € mensuales (el de nuestros vecinos franceses, por ejemplo, es de 1480), con una tasa de paro asfixiante y el futuro de las pensiones seriamente comprometido. ¿A qué número de refugiados estamos en condiciones de acoger? ¿Con qué criterio se controla quién entra? Porque si viene un pastor que huye de la guerra me gustaría que le diésemos acogida, pero si practica el matrimonio infantil o cree que la mujer es un objeto propiedad del hombre es mejor que no venga.

En Barcelona nuestro ayuntamiento se ha posicionado claramente a favor de la acogida, pero muchos ciudadanos desconfiamos de esta iniciativa. ¿Con qué medios cuenta la ciudad para acoger a los refugiados? El centro de la ciudad y la zona marítima llevan meses abandonados por el gobierno municipal, quien elude actuar contra las mafias de manteros que se han adueñado de los principales puestos comerciales mientras que los comerciantes locales, pagando altos impuestos, sobreviven a duras penas. Mención aparte merece la experiencia de coger el metro en Barcelona: la llegada de más de cien ladrones chilenos, sumada a las bandas bosnias a las que estábamos acostumbrados, ha disparado la ola de robos. Los dos candados que llevo ahora en la mochila dan fe de ello, pues tras tres intentos de robo en una semana opté por protegerme.

Les mentiría si les dijese que no siento la ciudad más insegura. Sigue siendo un bello lugar en el que vivir, pero la degradación es evidente. Me gusta saber que mis vecinos se preocupan por el bienestar de estas personas que vienen huyendo del horror; me angustia constatar que la administración pública detecte el sufrimiento a mil millas de nuestra costa y no sea capaz de mostrar la misma sensibilidad con la población local. ¿Puede Barcelona hacerse cargo de esta oleada de refugiados?

No es una cuestión de intenciones, se trata de gestionar recursos. “¿Qué es acoger?”, deberíamos cuestionarnos. Porque la acogida, como yo la entiendo, no es facilitar las llaves de nuestra casa a cualquiera que quiera entrar. La acogida es disponer de recursos materiales para que el refugiado reciba un trato humanitario sin menoscabo de la población local, controlar quién cruza la frontera y, no menos importante, informar a quien nos visita de cuáles son sus obligaciones y derechos. La política de puertas abiertas sin control solo beneficia a las mafias que trafican con los refugiados: el refugiado no tiene recursos económicos, su formación académica acostumbra a ser insuficiente para nuestro mercado laboral, su desconocimiento del idioma es patente, desconoce nuestros usos y costumbres. En estas circunstancias, ¿qué opciones de presente y de futuro le quedan al refugiado? ¿Cuántos más van a llegar?

Mi opinión personal es que el populismo furioso seguirá dañando Europa aprovechando el flujo de refugiados, pues este no va a parar. Los líderes de los partidos populistas europeos acarician el poder y su triunfo parece solo cuestión de tiempo. Las encuestas de opinión están cada vez más de su parte y la clave para enderezar el futuro de la Unión Europea consiste, en primer lugar, en poner freno al empuje voraz del neoliberalismo y recuperar el equilibrio con respecto a los gastos en protección social. Después, con el ciudadano que paga sus impuestos protegido, hay que arreglar la situación de los refugiados en origen, poner freno a que estas personas se vean obligadas a emigrar. Ahora bien, a corto plazo, hay una cuestión que deberíamos hacernos: ¿a qué lujos estamos dispuestos a renunciar a cambio de salvar vidas humanas?