Cart(0)

Este artículo fue el primero que escribí para Global Times China. El señor Hu, editor de Política en el prestigioso diario chino, recomendó su edición y le dio mucha difusión en sus redes sociales. ¿Cómo agradecerle su generosidad? Cuando, a los pocos minutos de aparecer en la versión digital, sumaba decenas de miles de «me gusta» y multitud de comentarios, pude hacerme una idea de lo que suponía para mi carrera su publicación en papel. Guardo, como un tesoro, varios ejemplares que me enviaron a mi domicilio.

Mi primer artículo para Global Times China

ADMIRAMOS LA UNIDAD DEL PUEBLO CHINO
Por Jorge I. Aguadero Casado (13/octubre/2018)

Nota: el artículo se tituló originalmente «¿El mejor de los tiempos o el peor de los tiempos?».

Mi generación es la primera que no ha vivido una guerra. Tampoco hemos pasado hambre. Y esto, en España, es decir mucho. Entonces, ¿cómo explicar al mundo que Cataluña está próxima a separarse de España?
La principal razón es económica: el bando secesionista cifra en unos 16.000 millones de euros el supuesto expolio fiscal al que el reino de España somete a la región. Es, desde su perspectiva, una losa que frena nuestro crecimiento, lo que se agudizó con la fuerte crisis que vivimos entre los años 2008 y 2014. Hubo, en este suceso enmarcado dentro de la crisis económica mundial, varios episodios que desembocaron en una fuerte sacudida del mercado financiero, viéndose gravemente afectados los, hasta entonces, solventes bancos españoles. Los catalanes tuvimos que acostumbrar nuestros oídos a términos como “rescate financiero”, “comedores sociales” y “desplome bursátil”, fantasmas de un pasado remoto que nos sumieron en estado de shock tras el letargo que siguió a los fastos de los Juegos Olímpicos de Barcelona´92, cuando creíamos ser el ombligo del mundo.
Por parte unionista, en cambio, Cataluña viene a ser una hija malcriada que no acepta su cambio de estatus social. Nos dicen que, habiendo recibido en los últimos años la consideración de “bono basura” (Standard & Poor´s, Moody´s y Fitch) con perspectiva negativa, la comunidad, antes muy rica y ahora endeudada, debería ajustar su gasto para dejar de erosionar la caja común de todos los españoles. Esta visión, muy celebrada en el conjunto del resto de la nación, constituye un torpedo en la línea de flotación del orgullo nacionalista: los catalanes, tradicionalmente, hemos pecado de mirar por encima del hombro a las comunidades deficitarias. Habría que preguntarse si, con otro tipo de política fiscal, habríamos eludido esta situación, pero es un asunto que merece ser analizado con profusión en un artículo más específico. La duda, no obstante, alienta las tesis secesionistas con el argumento “España nos roba”, repetido hasta la saciedad por los medios de comunicación controlados por el gobierno catalán. Así, cuando este hubo de aplicar recientemente recortes sociales, apuntó con el dedo a la capital de España y se limitó a encogerse de hombros.
Hasta aquí, los principales argumentos racionales, obviando que tanto el gobierno central como el autonómico hacen frente a la judicialización de los numerosos casos de corrupción destapados en la última década: un esperpento de la peor clase política que, de nuevo en otro artículo, tendré a bien exponer para los lectores de Global Times. Casos que, para hacerlos comprensibles al lector asiático, primero requieren familiarizarlo con el carácter contradictorio que tenemos las gentes del Mediterráneo.
Pero les insinuaba otro tipo de discurso: el emocional, que aquí funciona muy bien. El siempre peligroso, incontrolable y mentiroso discurso emocional. Para ello, asistimos a manipulaciones de todo tipo. Por parte catalana tenemos el encumbramiento de historiadores revisionistas que alumbran tesis “extravagantes” (destacan, en este atípico festival del humor, las afirmaciones del notorio Víctor Cucurull, autor de pensamientos como “Cataluña es la nación más antigua del mundo”, que en América “nunca se ha dejado de hablar en catalán, siendo un idioma muy presente en todo el continente” y que las grandes figuras universales fueron catalanas). Todo ello con gran difusión mediática, sin la autocrítica exigible a los medios de comunicación locales. A todo esto, súmenle ustedes una desconfianza hacia todo lo español que tiene sus orígenes recientes en la omnipresente Guerra Civil Española, mostrada a la opinión pública como una acción de represión de España hacia Cataluña.
Pero también la parte española de la cuestión tiene dificultades para mirarse al espejo. Cataluña, como concepto, no cuenta con el aprecio del resto de España, ya sea por motivos fundados o no. Hemos conocido numerosos boicots contra los productos catalanes, además de una tradicional minimalización de cualquier tipo de manifestación cultural catalana en la televisión pública española o en los libros de texto escolares de la nación. Muestra de ello es que la lengua catalana, materna para muchos españoles en la propia Cataluña, en Baleares y en la Comunidad Valenciana, es una gran desconocida para los estudiantes del resto de comunidades. De modo análogo a las figuras literarias que la han prestigiado a lo largo de los tiempos. Por otra parte, frases como “Hay que bombardear Barcelona cada 50 años para mantenerla a raya” (Espartero, general y regente de España), repetida con cierta frecuencia por políticos españoles para ganarse el fervor de las masas, tampoco es que contribuyan a que los catalanes se sientan amados.
Esta es, a grandes rasgos, la situación que se ha planteado en Cataluña. Las agencias internacionales de noticias se hacen eco de la dificultad del momento y, a simple vista, el desastre es inminente. Pero permitan que abra una puerta a la esperanza: soy nacido en Barcelona, de los que se expresan con similar soltura en nuestras dos lenguas oficiales y, a día de hoy, la convivencia en las calles sigue siendo ajena a la tensión que se respira en los despachos de los dirigentes políticos. Si se animan ustedes a pasear por las populares Ramblas de Barcelona podrán comprobar que luce el sol, que no hay gritos ni algaradas fuera de las manifestaciones y que la ciudad, como siempre, acoge con los brazos abiertos al visitante. Entonces, ¿por qué los parlamentarios son incapaces de encontrar soluciones dialogadas? El problema lo hemos creado los votantes: hemos concentrado poderes civiles en individuos que no merecen nuestra confianza.
Pero algo se empieza a pudrir. Los políticos al mando de la nave parecen tener un problema de carácter, de control de la ira. Y esto lo transmiten a las masas. Tengo muchas amistades en el bando secesionista e, igualmente, en el unionista. Les puedo garantizar que son buenas personas. Padres de familia, profesores de universidad, gente esforzada que desea un futuro mejor para todos. Pero, cuando leo sus comentarios en las redes sociales, no los reconozco. Asusta que, con solo el agitar de una bandera, la que sea, se oscurezcan los corazones.
Es, si me permiten la reflexión, un avispero de difícil solución. ¡Sería tan sencillo si pudiésemos trazar una raya entre buenos y malos! Por desgracia, lo que sucede en Cataluña no admite este tipo de simplificación. Ambas partes están cargadas de poderosas razones y al final, más allá de ser empujados por dirigentes sin escrúpulos, nuestro destino estará condicionado a las decisiones que, en conciencia, tomemos las personas a pie de calle.
En mi opinión, la secesión de Cataluña es un inmenso error. Y ya dan, los líderes secesionistas, muestras de aflojar su postura. Hemos pasado, de asistir a cómo el anterior presidente catalán (Artur Mas) decía “Que no nos traten de tontainas. Ya sabemos que los bancos se van a pelear para estar en Cataluña” (2015) a que, hace unos días, se concretase la fuga de los últimos bancos catalanes, estableciendo sus sedes en otros lugares de España. Y tengan esto presente: estamos a unos días de perder la oportunidad histórica de ser la sede de la Agencia Europea del Medicamento (una colosal lluvia de prosperidad para la ciudad que la acoja), desaprovechando que el Bréxit la expulsó de Inglaterra. Un error estratégico que se silencia en los medios de comunicación catalanes. Les debe parecer poco relevante.
Desde el corazón les digo que los nacionalismos me parecen movimientos propios del s. XIX, alejados de las sociedades interconectadas que representan las necesidades del hombre del s. XXI. Creo en las naciones capaces de ofrecer a sus habitantes un marco legal sólido y justo en el que vivir, donde la existencia transcurra en un marco de estabilidad que permita crecer a las empresas y abrirse al mundo en igualdad de oportunidades. He de decirles que, si he de elegir, me posiciono al lado de seguir formando parte de España. Ahora bien, ¿qué hay de los catalanes que nos hemos quejado de las carencias en el trato que nos dispensa el gobierno central? Hay muchas cosas que mejorar y, si no las resolvemos con eficacia, poco importará que triunfe el bando secesionista o que se imponga la unidad de España: nuestro modelo de Estado es ineficaz, poco flexible y siempre el último en llegar. Tenemos, valgan los ejemplos, un gasto público desproporcionado que no justifica la calidad de la enseñanza que reciben nuestros estudiantes (ineficacia), las leyes parecen hechas a medida de los delincuentes ricos y penalizan a las clases medias/bajas (inflexibilidad), fuimos abanderados de la energía solar y ahora hasta la sombreada Alemania nos lleva ventaja (somos los últimos en llegar)…
Porque aquí radica la clave para comprender lo que sucede en nuestra tierra: los españoles somos propensos al caos y a la autodestrucción, siendo nuestros gobiernos imágenes espejadas de esto. Será por nuestro modo de vida, por nuestra genética o por la insaciable necesidad de libertad que nos caracteriza, pero nos resulta imposible mantener la paz y el orden durante prolongados períodos de tiempo. Somos tierra de genios (me vienen a la mente nombres como Ramón y Cajal, De Falla, Picasso, Gaudí y García Lorca) y, también, apasionados practicantes del arte de matarnos entre nosotros. No necesitamos enemigos exteriores; somos nuestro perfecto enemigo.
Precisamente, la capacidad de colaborar es una cualidad que admiramos mucho de ustedes, los chinos. Es sabido que, en Cataluña (y en el conjunto de España), la población china se ayuda y levanta negocios donde nosotros no hemos sido capaces de ver oportunidades para prosperar. Los chinos se crecen ante la adversidad, son una comunidad apreciada que, por su carácter honrado y trabajador, ha vencido las barreras idiomáticas para formar parte del crisol de culturas que forma nuestro entorno.
Esto, pese a que los primeros inmigrantes chinos pasaron desapercibidos entre la población local. Pero la segunda generación está totalmente integrada en la sociedad catalana. Es una comunidad que ha ido aumentando desde mediados de los años 90 y ahora, con una economía consolidada (especialmente en los campos del comercio minorista y de la restauración), miles de chinos empadronados en las ciudades catalanas (54.545 personas en 2016) representan un colectivo que ha de ser tenido en cuenta en la toma de decisiones civiles. ¿Cómo les va a afectar la situación presente?
No deben temer, sus familiares en China, por ellos. Aquí nadie daría valor a una voz que señalase a los chinos como culpables de la situación que vivimos. La imagen que tenemos del chino medio en Cataluña es la de una persona laboriosa, ordenada, cuidadosa de su pequeño negocio. Nada que ver con agitación en las calles o delincuencia.
¿Cómo esperamos que actúen los residentes chinos en este escenario? Con la sensatez que los caracteriza, trabajando en paz, manteniendo la calma. Justo una de las cualidades de su pueblo que tanto admira el imaginario colectivo español.
Llevados por el sueño de constituirnos en una fuerza capaz de competir en igualdad en los mercados, los europeos hemos ido avanzando para poner fin a las viejas rencillas que aún nos separan, pero carecemos de la cohesión de la nación China. ¡Díganle ustedes a un francés que confíe en la palabra de un alemán y entenderán de lo que les hablo! En dicho contexto, el futuro europeo está sembrado de dudas. Y el conflicto en Cataluña esparce aún más incertidumbre. ¿Qué nos depara el futuro a corto plazo? ¿Seguirá Cataluña formando parte de España? ¿Se constituirá como nación independiente? Y si es así, ¿en el marco de la Unión Europea o fuera de ella? Las relaciones comerciales, los movimientos migratorios de personas, el respeto por los derechos civiles, ¿cómo se verán afectados?
La Unión Europea asiste incrédula a lo que está pasando aquí. El reciente Bréxit aún no ha sido digerido por los estómagos de Estrasburgo, la sede de nuestro parlamento, heridos en su orgullo por la bofetada inglesa. Tenemos la convicción, desde el continente, de que los ingleses van a perder mucho más que nosotros (comenzando por la ciudad de negocios en Londres y acabando por los estibadores de los puertos de las islas), aunque las costuras de la Unión están muy tensas y supuran un auge de la extrema derecha que recuerda a tiempos oscuros. Está por ver que, ante el riesgo de crisis económica, eso no derive en un gobierno neofascista en alguna de las potencias europeas. ¿Se imaginan, en China, tener que negociar aranceles con una Alemania o una Francia radicalizadas en este sentido? Es un riesgo latente que guarda paralelismos con la pujanza de los nacionalismos: el amor exacerbado por lo propio es el primer enemigo del respeto por el vecino. Pero, buscando luz en las tinieblas, permítanme una reflexión que, aquí, es voz común: los gobiernos europeos temen la aparición de situaciones análogas a la catalana dentro de sus fronteras y no van a dejar que nuestro conflicto territorial desemboque en algo peor. Desde la óptica europea, una España unida es garantía de estabilidad financiera, de serenidad en los debates identitarios y de control de las fronteras con los países del Magreb.
Aunque, ¿no deberíamos ser más proactivos aquí? ¿Qué nos pasa, para tener tanto miedo a negociar y buscar soluciones dialogadas? La política del gobierno de España está siendo torpe. ¿Qué les parece que, a unos días de celebrarse el referéndum de secesión, el presidente del gobierno se ausentase del país y aún no haya aparecido por Cataluña? Muchos catalanes no nacionalistas nos sentimos desatendidos pues, por el contrario, el gobierno catalán se muestra hiperactivo. Y luego, como suele suceder cuando se actúa llevado por las prisas de última hora, la dureza que exhibieron los cuerpos de seguridad del Estado en la jornada del referéndum contrastó con la proporcionalidad que, en la aplicación de los mandatos judiciales, se espera de los gobiernos de la Unión Europea. Se protagonizaron, a golpes de porra, imágenes que han internacionalizado lo que hasta entonces parecía un conflicto exclusivo de nuestras fronteras. Esta acción, contundente e innecesaria a mi juicio, ha hecho que los socios de España rebajen sus niveles de adhesión a su política y se oigan voces llamando al diálogo entre las dos partes. Lo que, a ojos de quienes vivimos aquí, redundaría en una solución pacífica. Esto encajaría bien con el carácter catalán. No se engañen, encabezamos nuestro orden de prioridades con la paz y la convivencia. Después, las banderas.
Quisiera, finalmente, tomar partido, señalar dónde se hallan el Bien y el Mal, pero eso sería tratar de engañarles. Que a mí me parezca mejor seguir siendo español es solo un punto de vista tan válido como el contrario, pues mi única bandera es la de la paz. Merece, la situación, análisis profundos, pues esto viene de muy lejos. Lo que sí puedo decirles es que, lo que vaya a pasar, tendrá consecuencias dramáticas en la estructura de la Unión Europea. Y ya saben que, cuando un gigante se resfría, el estornudo afecta a todos.