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Podría adornarme diciendo algo así como “soy hijo de la Universidad de Barcelona (UB)”, pero no sería fiel a la verdad. Mi formación como escritor fueron mis libros de lectura en Educación Primaria y una extensísima colección de clásicos universales que me regaló la secretaria de mi padrino en mi infancia.

La forja de un escritor…

Leía todas las noches, hasta horas innombrables de la madrugada. Con voracidad. No es un secreto, a estas alturas, que leo en vertical, más o menos a página por segundo tras las primeras hojas. Así, radiografiando los textos, me acostumbré a distinguir los estilos y, en cierto modo, viví con la literatura. A cambio de este don, tardé en hablar bastante más de lo acostumbrado en un niño. De hecho, ya leía antes de vocalizar sonidos.

Con mi querido amigo José Manuel García De la Mora, mentor y profesor de «Teoría del conocimiento»

Atípico en la universidad…

Luego se juntó la confusión entre ciertos números y letras, una dilatación del cristalino que tardó en ser diagnosticada hasta que fracasé en los estudios. Para colmo, las sinestesias. Por eso, mi recorrido universitario fue caótico. Ni me apetecía estudiar ni estarme quieto, solo deseaba escribir. A mi aire. Mis mentores en Filosofía, José Manuel García de La Mora y Antonio Alegre Gorri, me dieron más oportunidades de las que merecía y, al final, coleccionando suspensos y matrículas de honor, me rendí a la dura realidad: no sirvo para estudiar. Dejé la universidad antes de que la vida me dejase a mí. No era feliz.

El incidente en las oposiciones…

Me apunté a unas oposiciones de la Hacienda Pública y tenía un año para prepararlas. Dos exámenes, psicotécnicos y conocimientos. Lo tenía todo preparado: un año sabático y salida digna en el de psicotécnicos, no teniendo que presentarme al siguiente. Uno dispone según lo planeado, pero las cosas salen como salen. Me divertí con los psicotécnicos y obtuve el número uno de Barcelona. ¡Qué horror! En el de conocimientos, un cero.

La liberación…

Al final, la liberación. Para mi sorpresa mis padres me apoyaron. No hubo bronca, solo alguna mirada dura y mucho silencio. Les dije, a bote pronto, que lo mío era juntar letritas. ¡Quería ser escritor! Y aquí estoy.

Esto, en pocas líneas, como referencia biográfica. Más tarde, según avancemos, iré complementando este apartado.

Mis maestros…

Fui un niño enfermo, de los que pasan largo tiempo en una habitación de hospital, y lo que vi era menos agradable que lo que leía. Leer, para no enloquecer, me salvó. Sé que no podemos despertar ni dejar atrás ciertas vivencias mas, ¿cómo saldar esta deuda con mis ilustres predecesores? Mis amados maestros… Han hecho de mí el escritor y la persona que veis, con virtudes y carencias que ya no me van a abandonar.

En cierta ocasión me pidieron que citase diez libros que me hayan marcado. Como sabéis, citar a diez es dejar a muchos otros por el camino. Intenté ser justo y, tirando de mi siempre huidiza memoria, expliqué mis motivos. Doy por buena la lista; seguramente acabe ampliándola, cuando pasas de los cuarenta puedes hacer lo que te venga en gana.

  1. Moby Dick (Melville) – porque todos los niños somos Ismael y su primer contacto con el mundo y las personas es un prodigio de la narración. Todos, en alguna ocasión, nos hemos parado a reflexionar frente a una tienda de ataúdes.
  2. Medea (Eurípides) – porque las pasiones nos dominan y no hay palabra en este libro de la que se pueda prescindir. Las primeras voces de la nodriza, comparando las velas de la nave Argo con las alas de un pájaro, son el bello anticipo de un incontenible orgasmo literario.
  3. El retrato de Dorian Grey (Wilde) – porque adentrarse en sus páginas es una deliciosa sinfonía que te hace respirar mejor. Escribir, como lo hace él, es cincelar las palabras con delicadeza.
  4. La isla del tesoro (Stevenson) – porque mi infancia habría sido mucho menos afortunada de no haber conocido a Long John Silver. ¿Quién no ha querido tener un amigo con parche en el ojo, pata de palo y un loro al hombro?
  5. Ilíada (Homero, que fueron muchos) – era muy niño y lo compré creyendo que se trataba de otro libro. Atenea había hecho un juego de manos y supe, desde entonces, que había nacido para ella.
  6. Banquete (Platón) – porque… ¿Hace falta una justificación para leer a Platón?
  7. El romancero gitano (Lorca) – porque el «Romance de la luna, luna» me sigue fascinando, así como el resto de la obra de este granadino inmortal. Hacer de la lírica, de la lírica espléndida, algo sencillo es… un imposible al que deseo llegar.
  8. El arpa de hierba (Capote) – porque es endiabladamente bueno. Despierta envidia. Que Dios me perdone por sentir tantos celos de Capote.
  9. Meditaciones (Marco Aurelio) – porque es una conversación profunda con alguien a quien llamar amigo que, siendo el señor del mundo conocido, para los suyos un dios, agradece humildemente a los que le han agraviado las lecciones recibidas.
  10. Macbeth (Shakespeare) – porque el inglés nos trajo de vuelta a Eurípides. Porque lo hizo mejorando lo que ya era excelente. Porque cada obra suya que lees se justifica con lágrimas y piel de gallina.
  11. Robinson Crusoe (Defoe) – porque fue una de mis primeras lecturas y me sentí totalmente identificado. ¡Qué suerte tuve!
  12. Drácula (Stoker) – porque con algo tan aparentemente árido como unos diarios puede elaborarse una de las mejores novelas que jamás se hayan escrito.
  13. 1984 (Orwell) – porque es un tostón que te mina la moral. Y esa es, precisamente, su virtud, lo que lo hace creíble. Imprescindible.
  14. El señor de los anillos (Tolkien) – porque es una obra buena y grandiosa, porque debería ser lectura obligatoria en la adolescencia.
  15. El principito (Saint-Exupéry) – porque lo leí minutos antes de ser operado y me pareció una hermosa lectura para despedirme. Porque un sistema educativo en el que esta obra no forme parte del currículo escolar no tiene sentido.
  16. Viaje al Oeste (Anónimo) – porque amo intensamente cada página de este libro.
  17. Frankenstein (Shelley) – porque es un monumento al saber escribir. Tiene ritmo, está esculturalmente narrado, es una obra maestra.
  18. Poemas (Dickinson) – porque esta mujer roza la perfección literaria. Sus poemas son inspiradores. ¡La adoro!
  19. Poemas (Keats) – porque cada palabra ocupa justamente el lugar que debe. El don de este chico no estaba hecho para durar y nos fue arrebatado sin tiempo a que escribiese más.
  20. Crónicas del ojo de buey (Touchard-Lafosse) – porque, habiendo leído mucho, aún no he encontrado a nadie que domine como Touchard-Lafosse la técnica de la descripción. La del cardenal Richelieu, descrito en el primer tomo, es el faro que me guía desde niño.
  21. Las mil y una noches (Abu Abd-Allah Muhammad el-Gahshigar) – no sabría decir cuántas tardes las leí y las releí, fantaseando con que vencía a un efrit en un duelo de ingenio.
  22. El Decamerón (Boccaccio) – otro imprescindible, que debe leerse en secreto, perfecto antídoto contra lecturas serias y correosas.
  23. La llamada de lo salvaje (London) – porque los niños de ciudad, sin esta bella lectura, no seriamos niños de verdad.
  24. El juego de Ender (Card) – porque algunos somos un poco Ender y, en la pugna entre estilo y emoción, Card supo dar con la tecla.
  25. La historia interminable (Ende) – porque a cada página que leemos le sucede un nuevo descubrimiento sobre quien es Bastian y, en ese camino a la adolescencia, cuesta trabajo encontrarse a uno mismo.
  26. Una cuestión personal (Oe) – porque, solo por este librito, Kenzaburo mereció el Nobel de Literatura. Recomendación: la escena del vómito del profesor en clase, hacia el final de la novela, es de lectura necesaria para quien desee aprender a escribir.
  27. Música (Mishima) – porque, para mi gusto, es la novela perfecta. Es, más que dura, implacable. En ella habitan los demonios personales de Mishima pero, si dejamos de lado la naturaleza terrible del autor, es la obra cumbre de la narrativa japonesa.
  28. Tokio Blues (Murakami) – porque, aunque haya una fuerte corriente de desapego hacia Murakami porque vende mucho, le considero un escritor merecedor del Nobel de Literatura. Tokio Blues debería ser lectura obligatoria a finales del bachillerato y tema de reflexión en clase.
  29. Eso (King) – porque, pese a las críticas que le caen por ser popular, Stephen King es un narrador brillante. Ha hecho suyo el género del terror. En King, lo cotidiano tiene un reverso oscuro; en Eso, el lector se siente tan cerca de los protagonistas que solo cabe quitarse el sombrero ante el escritor.
  30. Las aventuras de Tom Sawyer (Twain) – porque, si alguna vez visito Mississippi, me tumbaré en la hierba con una brizna entre los dedos y daré las gracias por haber tenido contacto con esta obra en la niñez.
  31. El guardián entre el centeno (Salinger) – porque, pese a ser obra muy manida, es un espejo perfecto (o, más bien, una bola de cristal) para que espabile el adolescente que empieza a torcer su camino.
  32. La dama del Nilo (Gedge) – mi novela histórica preferida (perdón, señor Graves). Hatshepsut, de inteligencia y belleza extraordinarias, es la perfecta compañera de viaje literario. Una obra para leer relajadamente, para dejarse llevar por ensoñaciones. ¡Qué bien escrita!
  33. Don Quijote de la Mancha (Cervantes) – porque es obra cumbre de la literatura universal con todo merecimiento. Los españoles tenemos una relación de amor y odio con este libro, ya que nos obligan a leerlo en la infancia cuando se trata de una obra de madurez. Es triste pensar que, siendo el libro entre los libros, aparta a los jóvenes de mi país del amor a las letras por orden gubernamental pero, mientras esto siga así, Don Quijote seguirá siendo más apreciado fuera de nuestras fronteras que dentro de ellas.
  34. Crónicas de la Dragonlance (Hickman & Weis) – porque nunca está de más embarcarse en nuevas aventuras y tener por compañeros a personajes cuyo carisma habla bien del talento de sus autores.
  35. Los tigres de Mompracem (Salgari) – porque, siendo muy niño, quería ser filibustero y piratear en los mares del sudeste asiático. Ya de mayor, vi que sería más recomendable ser escritor.
  36. Las peregrinaciones de Childe Harold (Byron) – porque enamoró a las cortesanas con sus páginas llenas de vida y sentimientos. No puede decirse que Byron fuese precisamente un modelo de conducta pero…

Pero es preciso que me detenga, no vaya a ser que, siendo diez los libros que pedía la receta, me descubran mintiendo al confesar «¡soy de letras!».