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La posición de Europa en la guerra comercial entre Estados Unidos y China, por Jorge I. Aguadero Casado.

– Publicado en el Global Times China (papel y digital) el 30/08/2019 –

Lo recuerdo como si hoy fuera aquella tarde. Teníamos nueve años y, en el silencio respetuoso de mis compañeros, el profesor Luis Benito escribió, cuidadosamente, una palabra en la pizarra: RESPONSABILIDAD. Nos enseñó que, para vivir en sociedad, hay que tener cuidado en la toma de decisiones, respetando la dignidad de los demás. Fue un día histórico para nuestra pequeña escuela, en Barcelona. Fue la lección más importante de nuestras vidas.

Con el paso de los años he ido viendo que la palabra que nos enseñó el profesor Luis tiene aplicación a todas las facetas de la vida y, entre ellas, a las relaciones entre las naciones. Por eso, ante la guerra comercial desatada por Donald Trump, lamento que no tuviese el privilegio de ser alumno del San Francisco. Habría aprendido que el común de los europeos sentimos como propia la necesidad de establecer relaciones comerciales entre iguales como pilar necesario para el desarrollo económico y moral de las naciones. Encontraría un valioso ejemplo en cómo la actual Unión Europea se fundó bajo la inspiración de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero en 1951, con la finalidad de poner fin a las tensiones entre las potencias europeas enfrentadas durante la II Guerra Mundial. Entendería la importancia de que poco después, en 1957, tomase cuerpo en Roma la Comunidad Económica Europea, con el objetivo de crear un mercado común entre sus miembros y de poner fin a las aduanas entre ellos. Así, con la guía del profesor Luis, el presidente norteamericano apreciaría el hecho fundacional de la Unión Europea en 1993 como ampliación del ideal de colaboración internacional y antesala a un mundo más justo.

El lector chino podrá ver, en esta vivencia que les comparto, que la construcción de la Europa actual ha sido una lucha a cámara lenta contra los aranceles. En este contexto, el anuncio norteamericano sobre la aplicación de medidas arancelarias del 10 % a las exportaciones chinas por valor de 300.000 millones de dólares a partir del 1 de septiembre se opone a lo que pretendemos construir. Es una negación de las relaciones comerciales que complica la construcción de puentes entre Oriente y Occidente.

Por eso, comprenderán que Europa está viviendo la situación presente con incomodidad. Además de que se encuentra ante un conflicto a escala global en el que es un actor secundario. Esto choca con nuestra tradición intervencionista, de un día para otro hemos descubierto lo que es estar en manos de otros. En esta hora crucial nos toca ser humildes y tomar partido por la causa más cercana a nuestros intereses. Ahí, la fuerza de la Unión Europea será un factor clave. ¿Cómo, entonces, hemos reaccionado?

Teníamos, por un lado, la propuesta de China con la franja económica de la Ruta de la Seda y la Ruta Marítima de la Seda del s. XXI; por otra parte, la política de Donald Trump levanta muros entre las naciones e impone aranceles también a nuestros productos. Los europeos somos conscientes de que China ya ha firmado acuerdos con más de 40 naciones y entidades internacionales, un modo de actuar que nos lleva a interpretar que ustedes buscan colaboración duradera en el tiempo. En cambio, los signos que recibimos de Trump son muy diferentes. Sus modales están en las antípodas de lo que consideramos respetuoso y, al analizar su forma de negociar (primero con hostilidad y, después, rebajando las tensiones), nos produce un profundo rechazo. Negociar es ceder primero para avanzar juntos; ningún buen pacto ha salido del amedrentamiento y la humillación.

En esta hora aciaga, el presidente norteamericano haría bien en meditar si, en un mundo interconectado, una guerra comercial puede ganarse sin que la propia economía sufra consecuencias devastadoras. Los europeos, en cambio, preferimos dejarnos inspirar por la visión humanista que cambió el mundo con las gestas de Cristóbal Colón, al unir el continente europeo con el americano, y de Marco Polo, cuando acercó el Este y el Oeste como nadie lo había hecho hasta entonces. A su vez, los chinos honran el legado del héroe Zheng He en sus viajes por los siete mares, portador de cultura y conocimiento mutuo. Por eso, ante la disyuntiva entre alzar fronteras o unirnos a la Nueva Ruta de la Seda, nos seduce comerciar con ustedes y seguir forjando una relación de paz y amistad.

La mayoría de europeos, tomando como ejemplo a mi generación en el San Francisco, somos chicos de la calle de un barrio obrero, con la legítima aspiración de enamorarnos, estudiar, ver mundo y echar raíces para cuando el final de nuestros días se acerque. ¿Qué tendrá esto que ver con la propuesta incongruente del señor Trump? La prosperidad mundial solo llegará mediante la ampliación de mercados y, aunque a priori pudiera parecer que por ser occidentales seríamos más afines a la postura americana, nos disgusta profundamente la guerra comercial.

¿Me permiten que repasemos juntos un episodio clave que les ayudará a entender cómo funciona el pensamiento occidental en estas situaciones? He leído artículos en la prensa internacional, en reiteradas ocasiones estos meses pasados, que aludían a la “Historia de la Guerra del Peloponeso”, escrita por el estratego Tucídides en el s. V a. C., bajo la premisa del escenario que se presenta cuando aparece una nueva potencia habiendo otra prácticamente hegemónica. Según esta tesis, la potencia precedente reaccionará de forma agresiva, negándose a aceptar la nueva realidad. Esta idea se ha extrapolado en los medios de comunicación al marco de las relaciones comerciales entre EE.UU. y China pero, en lo referente a la posición europea como tercer actor, encuentro que la explicación es insuficiente. Encuentra un paralelismo más apropiado, a mi modo de entender, con el hecho fundacional europeo: las Guerras Médicas, entre el 492 a.C. y el 479 a. C., aproximadamente, llamadas así por la posición de poder del pueblo Meda sobre el resto de naciones que integraban el Imperio Persa.

Antes de entrar en materia, permitan que precise que el sentimiento occidental actual era, en el s. V a.C., una mixtura entre nuestra ribera del Mediterráneo, unas pocas ciudades de Asia Menor y otras pocas africanas. Centroeuropa, de ahí su diferencia de carácter con quienes habitamos el sur del continente, solo se imbuyó de este rasgo cultural mediante una tardía romanización. Para ser fieles a los hechos históricos, tengan presentes las dificultades para establecer comunicaciones en esos tiempos y que el Mediterráneo era un nido de piratería.

Puntualizado esto, las Guerras Médicas comenzaron como un simple conflicto fronterizo en Jonia que, de no ser porque afectaba al comercio, ni habría llamado la atención de las ciudades-estado griegas. Ahora bien, estas no ignoraban cuál sería el siguiente paso de los persas: ir devorando las pequeñas ciudades-estado una a una. Ante este futuro poco esperanzador, los griegos se unieron por primera vez en su historia para hacer frente común. Para que el lector chino se haga una idea de su grado de desesperación, en un encuentro de representantes de las ciudades-estado celebrado en el istmo de Corinto, Atenas aceptó llevar la línea de contención contra los persas al Peloponeso, sacrificando su propia ciudad con el compromiso de que sus mujeres y ancianos fuesen acogidos por los lacedemonios por un breve lapso de tiempo.

Pero fue, en esa hora oscura, cuando salieron a relucir nuestras virtudes: hicimos frente común y nos salvamos de la destrucción. ¿No les parece una analogía que ejemplifica la actuación de Europa en los últimos meses? Que la Unión Europea pasa por un momento de debilidad es inobjetable, mas también lo es que tomó partido por China en la reciente crisis comercial. Prueba tangible de ello la tienen en el artículo “The return to protectionism”, publicado el pasado 12 de abril por Pinelopi Goldberg (economista jefe del Banco Mundial), Pablo Fajgelbaum (profesor en UCLA), Patrick Kennedy (profesor en Berkeley) y Amit Khandelwal (profesor en Columbia). Es muy interesante observar cómo, si dividimos EE.UU. en tres zonas según la popularidad del presidente Donald Trump, la respuesta comercial de nuestras naciones afectó directamente al caladero de votantes indecisos, obviando a los condados que tienen su voto definido. Toda una declaración de intenciones a meses vista de las elecciones generales. Les invito, si les gusta analizar datos concretos, a leer la versión VOX (para no técnicos en Economía, en inglés).

Esta línea de actuación europea no es una veleidad y soy de la opinión de que va a tener continuidad. Porque, ¿qué sentido tuvieron las palabras del presidente norteamericano en su visita al Reino Unido el pasado junio, cuando abogó por un Brexit duro en un territorio que, de momento, sigue perteneciendo a la Unión Europea? A sabidas cuentas de que la política exterior estadounidense no se decide en un arreón emocional del presidente de turno durante un viaje, la lectura más lógica de este suceso es que se trató de una escenificación perversa. Y, si lo que pretendía Trump era encontrar nuevos compañeros de viaje, sus formas no pasaron inadvertidas para sus anfitriones, cuyas expresiones faciales de disgusto coparon las portadas de la prensa europea hasta el punto de eclipsar los fastos en conmemoración por la victoria aliada en las costas de Normandía en la II Guerra Mundial. No es un secreto que hay detalles que enfurecen más que una declaración directa de hostilidades. La susceptibilidad de la Unión Europea es máxima en lo concerniente al Brexit: es nuestra hora oscura, que un aliado al que se le supone lealtad venga a hurgar en nuestras heridas no nos complace. Por eso, entenderán que la mayoría de la opinión pública europea no esté de parte del presidente Trump en nada de lo que haga. 

Créanme, estos desencuentros comerciales nos preocupan mucho. Necesitamos estabilidad económica y crecimiento para hacer frente a los movimientos antieuropeístas que llevan un decenio largo tomando cuerpo dentro de la Unión Europea, especialmente grupos de extrema derecha que han aprovechado la contracción económica para agrietar los mecanismos de solidaridad interterritorial. El auge de estos movimientos de extrema derecha es una evidencia que, en los últimos procesos electorales, se ha evidenciado como una tendencia alarmante. Porque no es solo un estado de la Unión el que deja asomar el fantasma extremista: ya a nadie le sorprendería que Austria, Italia o Francia acabasen en sus manos. Y, hasta en España, la extrema derecha está consiguiendo representación parlamentaria. La escalada de este proceso es una amenaza global. Por el momento, los partidos extremistas tratan de purgar las naciones señalando al enemigo interno, pero no tardarán en poner sus miras en el resto del vecindario. Se alimentan de la creciente sensación de pobreza que tienen las rentas medias, canalizando la frustración que genera la brecha social en su favor.

Tampoco se extrañarán si les digo que este período convulso ha afectado a la credibilidad del producto chino en Europa. Sin embargo, no lo ha hecho de la manera que muchos esperaban. Y, si me permiten la reflexión, no parece descabellada la idea de que se produzca un efecto rebote favorable a sus intereses. Para abordar esto les propongo dos puntos de partida: la percepción europea sobre el producto chino y el nicho social que ocupan estos productos. En cuanto al sujeto-objeto, nos centraremos en la telefonía.

En principio, la gran dificultad que han de superar sus productos tecnológicos es la percepción de baja calidad por parte del consumidor occidental. Es decir, en el inconsciente europeo existe un prejuicio arraigado que nos hace sospechar de la tecnología a bajo coste. Las marcas chinas han basado su estrategia de mercado en llegar al gran público mediante precios competitivos y esto, siendo una forma de permeabilización del sector hacia su pujante producción, tiene el inconveniente de levantar suspicacias. ¿Se han preguntado por qué los teléfonos de Apple tienen tanto mercado en Europa cuando, en un país como España, es raro que un joven (el consumidor objetivo) gane más de mil euros mensuales? ¿No les parece un tanto alocado que ese consumidor trate de comprar un teléfono que prácticamente equivalga a su salario? De hecho, cuesta encontrarle sentido a que el teléfono de un adolescente sea equivalente al del presidente Sánchez, quien tiene unas altas obligaciones propias de su cargo y, por tanto, unas necesidades tecnológicas distintas. Ahí, el quid de la cuestión. Porque el joven europeo manifiesta su temor a ser “un don nadie” sacando un carísimo teléfono del bolsillo y poniéndolo a la vista, en su lado de la mesa, en un bar. Esa función de falso ascensor social, en época de mis padres, la desempeñaba el reloj de pulsera. Pero, entre ustedes y yo, ¿ven a muchos jóvenes usando reloj?

Es por este complejo adolescente que los teléfonos chinos, pese a expandirse mucho, no acababan de ser valorados por sus jóvenes compradores europeos como objeto de deseo. Los veían prácticos pero, al mismo tiempo, deseaban desembarazarse de ellos. Ahora bien, cuando Trump aisló a Huawei y a su segunda marca, Honor, cundió el pánico entre estos compradores jóvenes. El producto chino, entonces, se mostró irreemplazable y, al mismo tiempo, a los jóvenes les resultó inaceptable la idea de, ante la imposibilidad de recibir actualizaciones, quedar bloqueados en sus redes sociales y, de forma abrupta, renunciar al estatus social y a las comodidades que ofrecen los smartphones. ¿Consecuencia? Pues que, ante el panorama de un paraíso perdido, de convertirse en indigente tecnológico, el joven europeo ha empezado a variar su percepción de los teléfonos chinos: ya no son “fría tecnología barata”, ahora son un cordón umbilical con su sensación de dignidad. A resultas de ello, la reducción de ventas a corto-medio plazo puede verse compensada con creces a medio-largo plazo. Aunque de esta cuestión no se ocupan los medios de comunicación occidentales, yo la encuentro fundamental: estos productos chinos facilitan la incorporación al mundo tecnológico de muchas personas con renta escasa, su impacto social merece una profunda reflexión.

Otra de las causas del respaldo de muchos europeos a China en esta situación es el miedo a quedar retrasados en la implantación de redes 5G por culpa de Trump. En un mundo interdependiente, con la vista puesta en la ciudad inteligente como concepto de futuro inmediato, las redes 5G desarrolladas por Huawei son un motor de prosperidad al que no vamos a dar la espalda. Representan, a las telecomunicaciones, lo que fue el tren de alta velocidad al ferrocarril tradicional. La realidad virtual y la realidad aumentada van a emerger como elementos llamados a definir nuestra calidad de vida en campos muy variados, como la sanidad, los videojuegos o el automovilismo. Quintuplicar el ancho de banda actual va a tener un impacto inmediato en nuestras vidas, eliminando del “Internet de las cosas” la rémora del tiempo de espera. Se trata de una tecnología que los europeos no obviamos, por mucho que al actual inquilino de la Casa Blanca no le guste. Él manifiesta que su retórica une a la gente pero, si hubiese ido a las clases del profesor Luis, sabría que, en efecto, nos une, pero no en el sentido que él se piensa.