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NO EXISTE LA SECESIÓN “LOW COST”

Por Jorge I. Aguadero Casado

 

Los movimientos secesionistas, que se dan en todos los estados del mundo, ¿son promesa de un futuro glorioso o ruina asegurada? Con frecuencia, las expectativas creadas entre la población están condicionadas por el optimismo romántico de líderes que, tras el ímpetu de sus ideales, poco aportan al desarrollo económico y social de su pueblo. Lo que ha sucedido entre Cataluña y España en estos tiempos es un buen banco de pruebas del que ustedes, lectores chinos, podrán extraer interesantes conclusiones.

Les propongo, en el presente artículo, que examinemos juntos el pasado reciente de Cataluña y el presente de la región. Les anticipo que, en mi análisis de la situación, se da la paradoja de que el triunfo del secesionismo catalán está ligado a su encaje en una nación de grado superior: Europa. Pretender, a estas alturas del siglo XXI, que una nación europea se desligue del resto es una quimera. Las relaciones interterritoriales entre los miembros de la Unión Europea van más allá de los simples formulismos, son una cuestión de supervivencia. El mundo está polarizado, en el mismo acuario conviven pececillos minúsculos con pirañas. Minimizarse, ante el empuje de las grandes economías, es autocondenarse a la miseria. De esto pueden darles perfecta cuenta los trabajadores de la ciudad financiera de Londres, con cien mil empleos en la cuerda floja a causa del Brexit. Y esto, para el Reino Unido, es solo el principio de las calamidades.

Lo sucedido en Cataluña debe entenderse en un contexto en el que se mezclan crecimiento a dos velocidades y agravios presupuestarios. Lo primero implica que la comunidad catalana ha sido (junto a otras, dato que no hay que obviar) locomotora del crecimiento económico español gracias al impacto del turismo, a la cuantía de sus exportaciones, a ser un foco industrial relevante en el sur de Europa y a la constante inversión en investigación puntera. Por contra, el endeudamiento público catalán es, literalmente, impagable. Los setenta y cinco mil millones de euros que debíamos a principios de verano han ido creciendo y, al mismo tiempo, nuestra riqueza se ha volatilizado. Me permito recordarles que las principales agencias crediticias (Standard & Poor´s, Moody´s, Fitch) llevan años calificando de “bono basura” la deuda catalana y que, actualmente, añaden la funesta coletilla “perspectiva negativa”. Es sospechoso que, ante sus constantes avisos sobre el impacto demoledor de una secesión, nuestros líderes políticos se encojan de hombros y afirmen, sin acompañarlo de argumentos, que esos economistas se equivocan.

En segundo lugar, los Presupuestos Generales del Estado tienden a desatender necesidades que los catalanes consideramos necesarias para mantener una calidad de vida confortable. Hace tiempo que pedimos que se priorice la construcción del Corredor Mediterráneo en la totalidad de su parte española, una doble vía ferroviaria de alta velocidad que discurriría a lo largo de la costa mediterránea, conectándose a su vez con el resto de Europa a través de la frontera francesa. Esta infraestructura tendría como fin vertebrar el continente con 3.500 kilómetros de red ferroviaria que concentrarían el 54% de la población y el 66% del producto interior bruto de la Unión Europea. ¿Sabían que, después de ustedes los chinos, en España tenemos la red de alta velocidad más extensa del mundo? Sin embargo, se soslaya la necesidad de este corredor que multiplicaría el turismo interno, los viajes de negocios y el traslado de mercancías entre los estados europeos. El problema político es que, al redimensionar la importancia de la costa mediterránea, la sobredimensionada Madrid perdería peso específico, algo que no gusta en ambientes conservadores.

Otro aspecto a destacar, desde mi perspectiva, es el hecho de que en España no haya igualdad en lo que respecta a la recaudación de impuestos. Que una comunidad como el País Vasco tenga un régimen de recogida distinto a las demás hace que, en conjunto, el sistema sea visto como una sucesión de agravios comparativos. Los vascos, con la potestad de recaudar sus impuestos  y entregar al Gobierno Central una cantidad acordada, son vistos desde el resto de España como unos privilegiados que cimentan su boyante calidad de vida en ese hecho recaudatorio diferencial. En efecto, su capacidad recaudatoria está por encima de la media pero aportan cantidades inferiores a la misma. Lo que no suele decirse es que, por contra, si su economía local sufriese un revés (por ejemplo, una fuga de empresas como la habida en Cataluña), se verían mucho más afectados que sus vecinos en sus impuestos municipales.

Visto este escenario, ¿cómo ha quedado Cataluña tras el fracaso del gobierno secesionista? Nuestro pasado reciente fue una historia de éxito con pocos precedentes en la Europa moderna.  Cataluña tenía a su favor varias circunstancias favorables. En primer lugar, un substrato medieval de mucho contacto mercantil con Francia y, por ende, con las ideas de modernidad que recorrieron Europa hasta fraguar la actual Unión Europea. Ello ha de tomarse con cautela, pues la visión romántica de la Europa Central que tantos anhelos despierta entre la burguesía local no debe desviar nuestra atención sobre cómo hemos sido percibidos fuera de nuestras fronteras. Basta echar un vistazo a la “Divina Comedia” de Dante Alighieri para percatarse de que en el siglo XIII ya teníamos fama de avaros e insolidarios. “Si mi hermano pudiera prever esto evitaría la pobreza avara de los catalanes, para no recibir ningún daño”, escribió el poeta florentino en el conocido canto VIII (Paraíso) de su obra inmortal.

Otra de las causas de la prosperidad catalana fueron las acciones del régimen del dictador Francisco Franco. El militar, deseoso de limar tensiones con una región tradicionalmente complicada y de aprovechar su ubicación geográfica limítrofe con el sur de Francia, aplicó la política de la zanahoria y el palo. Por un lado enriqueció Cataluña llevando allí industrias, construyendo la mejor red de autopistas del Estado e inaugurando pantanos mientras el sur de España padecía sequía y subdesarrollo; por otra parte, la invisibilización de la cultura catalana tuvo efectos devastadores sobre esta. Así, la historia del último cuarto del siglo XX catalán fue una etapa de prosperidad en lo monetario y una búsqueda de la identidad perdida.

Por esto, en mi opinión, la situación presente es tan compleja. ¿Qué pretendía Cataluña con el intento de secesión? ¿Qué ha conseguido? Desde el punto de vista social, los políticos secesionistas pretendían la unidad del pueblo bajo un solo estandarte: una pequeña república. La idea es romántica, pero no hace justicia al sentir de los catalanes. El secesionismo, al que reconozco su auge en los últimos años, nunca ha pasado la barrera de representar a la mitad del electorado catalán. Tiene un fuerte tirón entre los más jóvenes, pero entre la población adulta baja notablemente su influencia. Y, tras el fracaso del gobierno secesionista, sus bases se han fragmentado aprovechando el vacío de poder. Con el expresidente Puigdemont en Bélgica, prófugo de la justicia española, y con sus consejeros en prisión, la entente de partidos secesionistas se ha disuelto con la esperanza de, en las elecciones de diciembre, fagocitar el electorado de su alianza. Como verán, amables lectores de China, el secesionismo no ha unido a nuestra sociedad: la ha dividido aún más.

En términos económicos la situación es muchísimo peor. Ante el riesgo de secesión, las grandes empresas huyeron de Cataluña a toda prisa. Primero fueron los bancos; luego, el resto de grandes empresas. La ecuación era sencilla:

Cataluña sale de España + los bancos catalanes pierden la cobertura del Fondo de Garantías de la Unión Europea + los clientes sacan masivamente sus ahorros para depositarlos en bancos europeos = X, donde X es “los bancos catalanes se anticipan y trasladan sus sedes fiscales a territorio seguro de la U.E.”

Esta situación, muy fácil de anticipar, pareció pillar por sorpresa al gobierno secesionista. El vicepresidente económico, el señor Junqueras, la calificó de imposible y, tras la estampida del tejido empresarial catalán hacia lugares donde el marco legal fuese estable y estuviese bajo el amparo de la U.E., siguió negando la realidad. ¡El año que viene será dramático cuando nuestros ayuntamientos se dispongan a recoger los impuestos de sociedades! Por no hablar de los despidos masivos de plantillas de trabajadores en las deslocalizaciones que están por venir. Seamos sinceros, los grandes empresarios han perdido auténticas fortunas teniendo que abandonar Cataluña a la desesperada y aquí nadie se ha hecho responsable del desastre.

¿Cómo creen que se percibe aquí esta situación? El citado vicepresidente económico salió al paso diciendo que, aunque se fuesen esas empresas, la mayoría de empresarios se quedaban. No le faltaba razón, si nos atenemos a los números fríos. Su problema es que los catalanes no estamos dispuestos a aceptar que equipare la pérdida de las empresas que cotizan en Bolsa con el pequeño comercio. Imaginen que tienen ustedes nueve uvas y una sandía y que, entonces, con el argumento de que aún les quedan esas uvas, les quitasen la sandía.

Sabemos que, a medio plazo, las empresas no volverán. Es decir, la aventura secesionista van a pagarla también nuestros hijos. ¿Podrían ir las cosas a peor? Por desgracia, sí. Barcelona, la capital catalana, estaba magníficamente posicionada para hacerse con la prestigiosa Agencia Europea del Medicamento. Este tipo de entidad solo se mueve de lugar en casos excepcionales y, a consecuencia del Brexit, dejó Londres. Albergar la agencia hubiese supuesto para Barcelona una lluvia de prosperidad sin precedentes. Desde los miles de empleos directos hasta el prestigio de ser sede de uno de los organismos más importantes de la U.E., además de congresos de medicina que llenarían de euros las arcas de la ciudad. Como podrán imaginarse, la Unión Europea se tomó en serio nuestra amenaza de irnos unilateralmente. Como consecuencia, hemos sido barridos del proceso de selección. En primera ronda, por si hacía falta despejar dudas. Ganó la holandesa Ámsterdam. Aquí, los políticos secionistas argumentan que sus acciones apenas afectaron al proceso. Les propongo, lectores de China, que lo valoren ustedes: de ser delegados europeos, ¿habrían votado a favor de una ciudad que les da la espalda?

Hemos visto la actualidad social y la económica pero, ¿y la política? El proceso separatista nos prometió el absoluto autogobierno y… tenemos el Gobierno Autonómico intervenido por el Central, con sus dirigentes prófugos, en prisión o arrepentidos tras pagar fuertes multas. Hemos retrocedido, en materia de toma de decisiones, a épocas muy anteriores al cambio de siglo.

¿Creen ustedes, estimados lectores chinos, que este proceso secesionista ha sido “low cost”? ¿Nos ha merecido la pena? No conozco a catalanes que vivan mejor que antes y, si preguntan ustedes a sus amistades chinas afincadas en Cataluña, les dirán que esta buena tierra está cansada de que cada día sea especial.