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Revista «Peón de Rey»

Un escritor que no escribe en revistas ni en diarios es, lamentablemente, un escritor que no existe. Puedes dedicarte a redactar la novela más interesante que, si no tienes relevancia mediática, nadie te leerá.

Las relaciones con los diarios son un tema que requiere su propio espacio. Más del que yo pueda aportar aquí. Es habitual que los columnistas no cobren por su trabajo. En la llamada «prensa seria». Por eso, es habitual leer, al entrar en foros sobre periódicos, frases del tipo «lo ha escrito el becario», «está plagado de faltas de ortografía», «ya no se escriben artículos como antes», etc. Y sí, es cierto. ¿La solución? Volver a tener articulistas profesionales. Los articulistas, para pasmo de algunos, también pagamos facturas.

Me viene a la memoria una anécdota de 2016. Para situarnos: Barcelona, zona alta, 10:00 A.M. Acudí a la cita con ánimo resuelto. Una editora me había ofrecido la oportunidad de escribir en su revista. Artículos semanales, de ámbito general. «Algo que no te lleve mucho esfuerzo… Podrían ser cuatro articulitos de temas variados, bien escritos, que gusten a nuestros lectores», hasta ahí, lo habitual. «Tienes que usar un programa específico, no vale que lo entregues en Word, que aquí somos muy profesionales. Tienes que hacer la maquetación. Tienes que poner fotos. Bueno, primero tienes que hacer de fotógrafo. También tienes que proponer nuevas secciones. Tienes que hacer valoraciones sobre los demás artículos de la revista. Comienzas hoy. ¡Nos vemos!». Mal asunto, cuando la conversación gira alrededor de la expresión «tienes que». Entonces, antes de que la editora se marchase, hice la pregunta. La gran pregunta. Porque aquí somos muy profesionales. «¿Cuáles son las condiciones económicas que ofrecéis?».

Os aseguro que la expresión de la señora daba para escribir un poema. «¿A qué te refieres?», inquirió con más cara que espalda. Acto seguido, componiéndose el traje de ejecutiva, me hizo saber lo muy sorprendida que estaba por mi pregunta. Daba por hecho que iba a trabajar «para crecer como escritor». Así, sin anestesia.

¿Cuáles creéis que eran las condiciones laborales del resto de compañeros de redacción? Luego, al echar un vistazo a las páginas interiores, uno se hacía cargo de que, en situación de indignidad, no podemos esperar un redactado de calidad. Evidentemente, me fui.

No es, desde luego, la primera experiencia de ese tipo. ¡Ni será la última! Recuerdo la primera. En una potentísima editorial afincada en la Ciudad Condal. Tras enviar un manuscrito fui convocado por la persona de contacto porque… iban a publicarme esa novela. «Ven ahora mismo a firmar, Jorge», las palabras sonaron en mi cabeza con fuerza. Tenía 24 años y se me abrían las puertas a lo grande. ¡Qué ilusión! Hasta que entré en el despacho de la editora. Allí, sin invitarme a tomar asiento, me dijo desde su sillón de armazón cromado: «¿Eres Jorge Aguadero? Eres muy joven, a ti no te conoce nadie, ya no nos interesas. Pero, si quieres 100.000 pesetas y te olvidas de los derechos de autor, tenemos a alguien que firmaría el libro por ti». Por un momento, la vi caer por la ventana. Me fui antes de hacerlo. En un incómodo silencio.