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Soy un hombre de teatro. Amo las artes escénicas y, si me dan a elegir, la tragedia ática.

Cómo empezó todo…

Era mal estudiante. El peor, sin duda. Tanto, que me matriculé en el curso de «Tragedia Ática I» con la idea de… no ir a clase. Un absurdo, desde luego, pero mi motivación en lo referente a lo académico era escasa. Recuerdo que, cuando llegó el momento de examinarse, me presenté en el despacho del profesor para excusarme por no haber asistido a sus clases (ante todo, decoro) y preparado para sumar un nuevo «No Presentado».

Un error que cambió mi vida…

El profesor Alegre, quien se convertiría en admirado mentor y querido amigo, me invitó a estudiar en la biblioteca, a condición de que al día siguiente me examinase. Estaba dispuesto a darme una oportunidad (que no merecía y que cambió mi vida) con la tragedia ática. Ante su generosidad, ¿cómo negarme? Lo hice, muy agradecido, pero sin percatarme de un detalle fundamental: cuando dijo «tragedia» se refería a la que escogiese como tema de estudio; yo, presa de la ignorancia y de la falta de hábito de estudio, interpreté «todas las tragedias».

Aquella mañana lloré…

Lancé una moneda al aire: cara, biblioteca; cruz, bar de la universidad. Salió cara y, tomando asiento al lado de la estantería con las obras de Aristóteles (no me preguntéis el motivo, solía sentarme allí para conocer chicas y no me iba mal), abrí un tomo con las obras de Eurípides. Estaba dispuesto a hacer acopio de información y regurgitarla en el examen, sin más. Como siempre. Sin sentimiento. Y, para mi sorpresa, al acabar de leer la primera tragedia… ¡Descubrí que tenía el rostro empapado en lágrimas!

¡Medea! ¡Medea!

Lo tuve claro: ¡Medea era lo mejor que había leído nunca! ¡Y fue un no parar! Aquella mañana devoré las obras de Eurípides como si el mundo se acabase. No paré hasta el final. ¡El examen me importaba una mierda! Solo quería empaparme de ese modo de escribir, del talento euripidiano para la composición. ¡Había nacido para leer esos libros! Y, desde luego, Esquilo y Sófocles también me gustaron, mas Eurípides me fascinó. Es mi ídolo literario, lo que más amo en la vida.

El examen…

Alegre, cuando le dije que podía examinarme sobre cualquier tragedia, no se lo tomó bien. Improvisó unas preguntas para darme una lección. Ahí se forjó nuestra amistad.

El acuerdo…

Como ya no podía, técnicamente, poner más matrículas de honor, me propuso el siguiente acuerdo: «escriba usted tragedias y, por cada obra, le pondré una matrícula de honor». Compuse dos tragedias («Medea enmascarada» [publicada a modo de epílogo en la novela «Yo, Eurípides el griego. Yo, poeta»] y «Andrómaca entre los teucros») para cumplir con las asignaturas a cambio de no tener que ir a clases ni examinarme. Finalmente, como muestra de afecto y agradecimiento, compuse una «Fedra en Hades» para homenajear a mi amigo (sin acuerdos académicos de por medio).

La conferencia…

Me invitaron a ofrecer una conferencia sobre mis tragedias en el Saló de Graus de la UB (Universitat de Barcelona), mi primer y último acto académico como estudiante. Sabía que aquello no era para mí. Carecía del talento y de la perseverancia que identifican a los buenos estudiantes, pero lo disfruté mucho. Era mi canto del cisne, acompañado para la exposición por Alegre Gorri y por mi querido amigo, ya fallecido, David García Ilundáin (Gran Maestro Internacional de ajedrez, quien aderezó la conferencia con reflexiones que hicieron las delicias de los asistentes). A unos metros, en las butacas finales, mi otro mentor, García De la Mora, y mi padre. ¿Qué más podía pedir para despedirme de la universidad?