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Mis recuerdos de infancia están ligados a noches de lectura en la cama, a la luz de una pequeña lámpara, con la mente atrapada por las obras clásicas de la literatura universal.

Soñaba despierto y, no viendo nunca cercana la hora de dormir, era el niño más feliz del mundo. Me decía que, algún día, podría escribir mis propios libros. Sentía la llamada de Verne, de Salgari, de Stevenson… y ahora, llegada la madurez, sigo encontrando placer leyendo cuando cae en mis manos un buen libro.

No pretendo que mis obras gusten a todos pero, si el lector desconocido experimenta la alegría de leer con mis escritos, mi esfuerzo habrá merecido la pena y me sentiré bendecido.