Patrick Rothfuss

EL NOMBRE DEL VIENTO. CRÓNICA DEL ASESINO DE REYES: PRIMER DÍA

(…) La sacó de la vaina con un floreo. La espada, de un blanco grisáceo, relucía bajo la luz otoñal de la habitación. Parecía nueva; no tenía melladuras ni estaba oxidada. No había brillantes arañazos en la hoja. Pero, aunque no estuviera deteriorada, era antigua. Y, pese a ser evidente que era una espada, tenía una forma insólita. Al menos, ningún vecino del pueblo la habría encontrado normal. Era como si un alquimista hubiera destilado una docena de espadas y, cuando se hubiera enfriado el crisol, hubiese aparecido aquello en el fondo: una espada en su estado más puro. Era fina y elegante. Era mortífera como una piedra afilada en el lecho de un río de aguas bravas.

La espada Delirio, de la que acto seguido vamos a conocer más detalles, es presentada al lector con todos los honores, mostrando su naturaleza misteriosa. Porque Rothfuss, quien no ignora que las espadas cantan, aparta de nuestra mente el concepto del arma como instrumento y, siguiendo la estela de nombres ilustres como Tolkien, confiere a esta cualidades sobrenaturales.

Para empezar, Kote (el dueño) no la manipula de forma vulgar, sino que la desenvaina haciendo un floreo. Con ello nos indica la esencia artística de su esgrima, un contrapunto que abre nuevas posibilidades al entorno en el que se ubica este momento de la novela: una sencilla taberna. Luego, el ruido de los huéspedes violará el espacio, subiendo como una marea. Mas, en nuestra imaginación, el vuelo de la espada ya ha impuesto un reducto de color a esos viles tonos marrones. Es, en la excepción, que la belleza narrativa toma cuerpo.

Me gusta la siguiente frase, usando los colores y las estaciones para que nos dejemos guiar por el brillo de Delirio. Aparece el Rothfuss académico, el profesor de filología en la universidad de Wisconsin, quien usa los conceptos y las palabras con elegancia, como el ya mencionado Tolkien en su descripción de los caminos que llevan de la Comarca a Lorien. Es notorio que el norteamericano es menos abundante en detalles que el padre de Frodo, pero esa técnica es la misma. Apaga las luces de la posada sirviéndose del otoño, con el objetivo de que el cuerpo de la espada brille; Tolkien se sirvió de la noche para que, a la vista del buen Frodo, refulgiese la belleza irresistible de la piel nívea de Galadriel. Es, a la literatura, lo que los efectos especiales al cine. Nótese que esta técnica suele ser más efectiva cuando se emplea con elementos de la naturaleza, pues nuestras emociones más primarias están ligadas a ella y, por tanto, hay un fuerte efecto evocador.

Es interesante cómo Rothfuss señala la antigüedad del arma: lo hace mediante un juego de contrarios, indicando que no tiene mella. Inconscientemente, no la vemos como un arma más: gana batallas. Es inquebrantable, ha resistido la prueba del tiempo y su portador, sin que sea necesario precisarlo, participa de estas cualidades. De pronto, Kote es mucho más que un posadero. No en vano, la portada de El nombre del viento. Crónica del asesino de reyes: primer día viene acompañada por la cita “Era un sonido paciente e impasible como el de las flores cortadas; el silencio de un hombre que espera la muerte”.

Nos sugiere el escritor que la espada, posiblemente, esté imbuida de cualidades sobrenaturales. Hay algo en la magia (especialmente en la de carácter animista) que la hace familiar, un eco difícil de precisar que estamos casi tocando con los dedos. Rothfuss nos manipula con una reminiscencia de Platón, porque sin haber visto todas las espadas del mundo nadie duda de que lo es y, sin embargo, se sale de lo corriente. Nos da una estocada final: se trata de una espada en su forma más pura.

Se aprecia mucho la belleza de la última frase. ¡Nada mejor que mencionar las aguas que corren para ver en la espada mil reflejos! Y las piedras, filosas, dibujan en nuestros pies hilos de sangre que le van perfectos a su hoja.

¿Qué decir, finalmente, del nombre que le ha puesto a la espada? Delirio. ¿Lo puede haber mejor?