El artículo, muy bien acogido y ampliamente comentado en la web del diario por los lectores chinos, fue rápidamente ubicado como imagen principal de la portada de la edición digital de Global Times (China), recibiendo infinidad de «me gusta» y muchos comentarios de los lectores.

El artículo en la edición digital de Global Times (China)

A continuación, el artículo en castellano:

En portada de la web de Global Times China, destacado, mi artículo

ADMIRAMOS LA UNIDAD DEL PUEBLO CHINO

Mi generación es la primera que no ha vivido una guerra. Tampoco hemos pasado hambre. Y esto, en España, es decir mucho. Entonces, ¿cómo explicar al mundo que Cataluña está próxima a separarse de España?

La principal razón es económica: el bando secesionista cifra en unos 16.000 millones de euros el supuesto expolio fiscal al que el reino de España somete a la región. Es, desde su perspectiva, una losa que frena nuestro crecimiento. Los catalanes tuvimos que acostumbrar nuestros oídos a términos como “rescate financiero”, “comedores sociales” y “desplome bursátil”, fantasmas de un pasado remoto que nos sumieron en estado de shock tras el letargo que siguió a los fastos de los Juegos Olímpicos de Barcelona´92, cuando creíamos ser el ombligo del mundo.

Por parte unionista, en cambio, Cataluña viene a ser una hija malcriada que no acepta su cambio de estatus social. Nos dicen que, habiendo recibido en los últimos años la consideración de “bono basura” (Standard & Poor´s, Moody´s y Fitch) con perspectiva negativa, la comunidad debería ajustar su gasto para dejar de erosionar la caja común de todos los españoles.

Pero les insinuaba otro tipo de discurso: el emocional, que aquí funciona muy bien. El siempre peligroso, incontrolable y mentiroso discurso emocional. A todo esto, súmenle ustedes una desconfianza hacia todo lo español que tiene sus orígenes recientes en la omnipresente Guerra Civil Española, mostrada a la opinión pública como una acción de represión de España hacia Cataluña.

Pero también la parte española de la cuestión tiene dificultades para mirarse al espejo. Cataluña, como concepto, no cuenta con el aprecio del resto de España, ya sea por motivos fundados o no. Hemos conocido numerosos boicots contra los productos catalanes, además de una tradicional minimización de cualquier tipo de manifestación cultural catalana en la televisión pública española o en los libros de texto escolares de la nación. Muestra de ello es que la lengua catalana, materna para muchos españoles en la propia Cataluña, en Baleares y en la Comunidad Valenciana, es una gran desconocida para los estudiantes del resto de comunidades. De modo análogo a las figuras literarias que la han prestigiado a lo largo de los tiempos. Por otra parte, frases como “Hay que bombardear Barcelona cada 50 años para mantenerla a raya” (Espartero, general y regente de España), repetida con cierta frecuencia por políticos españoles para ganarse el fervor de las masas, tampoco es que contribuyan a que los catalanes se sientan amados.

Esta es, a grandes rasgos, la situación que se ha planteado en Cataluña. Las agencias internacionales de noticias se hacen eco de la dificultad del momento y, a simple vista, el desastre es inminente. Pero permitan que abra una puerta a la esperanza: soy nacido en Barcelona, de los que se expresan con similar soltura en nuestras dos lenguas oficiales y, a día de hoy, la convivencia en las calles sigue siendo ajena a la tensión que se respira en los despachos de los dirigentes políticos. La ciudad, como siempre, acoge con los brazos abiertos al visitante. Entonces, ¿por qué los parlamentarios son incapaces de encontrar soluciones dialogadas? El problema lo hemos creado los votantes: hemos concentrado poderes civiles en individuos que no merecen nuestra confianza.

Es, si me permiten la reflexión, un avispero de difícil solución. ¡Sería tan sencillo si pudiésemos trazar una raya entre buenos y malos! Por desgracia, lo que sucede en Cataluña no admite este tipo de simplificación. Ambas partes están cargadas de poderosas razones y al final, más allá de ser empujados por dirigentes sin escrúpulos, nuestro destino estará condicionado a las decisiones que, en conciencia, tomemos las personas a pie de calle.

En mi opinión, la secesión de Cataluña es un inmenso error. Desde el corazón les digo que los nacionalismos me parecen movimientos propios del s. XIX, alejados de las sociedades interconectadas que representan las necesidades del hombre del s. XXI. Creo en las naciones capaces de ofrecer a sus habitantes un marco legal sólido y justo en el que vivir, donde la existencia transcurra en un marco de estabilidad que permita crecer a las empresas y abrirse al mundo en igualdad de oportunidades. Ahora bien, ¿qué hay de los catalanes que nos hemos quejado de las carencias en el trato que nos dispensa el gobierno central? Hay muchas cosas que mejorar y, si no las resolvemos con eficacia, poco importará que triunfe el bando secesionista o que se imponga la unidad de España: nuestro modelo de Estado es ineficaz, poco flexible y siempre el último en llegar. Tenemos, valgan los ejemplos, un gasto público desproporcionado que no justifica la calidad de la enseñanza que reciben nuestros estudiantes (ineficacia), las leyes parecen hechas a medida de los delincuentes ricos y penalizan a las clases medias/bajas (inflexibilidad), fuimos abanderados de la energía solar y ahora hasta la sombreada Alemania nos lleva ventaja (somos los últimos en llegar)…

Porque aquí radica la clave para comprender lo que sucede en nuestra tierra: los españoles somos propensos al caos y a la autodestrucción, siendo nuestros gobiernos imágenes espejadas de esto. Será por nuestro modo de vida, por nuestra genética o por la insaciable necesidad de libertad que nos caracteriza, pero nos resulta imposible mantener la paz y el orden durante prolongados períodos de tiempo. Somos tierra de genios y, también, apasionados practicantes del arte de matarnos entre nosotros. No necesitamos enemigos exteriores; somos nuestro perfecto enemigo.

Precisamente, la capacidad de colaborar es una cualidad que admiramos mucho de ustedes, los chinos. Es sabido que, en España, la población china se ayuda y levanta negocios donde nosotros no hemos sido capaces de ver oportunidades para prosperar. Los chinos se crecen ante la adversidad, son una comunidad apreciada que, por su carácter honrado y trabajador, ha vencido las barreras idiomáticas para formar parte del crisol de culturas que forma nuestro entorno.

Miles de chinos empadronados en las ciudades catalanas representan un colectivo que ha de ser tenido en cuenta en la toma de decisiones civiles.

No deben temer, sus familiares en China, por ellos. Aquí nadie daría valor a una voz que señalase a los chinos como culpables de la situación que vivimos. La imagen que tenemos del chino medio en Cataluña es la de una persona laboriosa, ordenada, cuidadosa de su pequeño negocio. Nada que ver con agitación en las calles o delincuencia.

¿Cómo esperamos que actúen los residentes chinos en este escenario? Con la sensatez que los caracteriza, trabajando en paz, manteniendo la calma. Justo una de las cualidades de su pueblo que tanto admira el imaginario colectivo español.

Llevados por el sueño de constituirnos en una fuerza capaz de competir en igualdad en los mercados, los europeos hemos ido avanzando para poner fin a las viejas rencillas que aún nos separan, pero carecemos de la cohesión de la nación China. ¡Díganle ustedes a un francés que confíe en la palabra de un alemán y entenderán de lo que les hablo! En dicho contexto, el futuro europeo está sembrado de dudas. Y el conflicto en Cataluña esparce aún más incertidumbre. ¿Qué nos depara el futuro a corto plazo? ¿Seguirá Cataluña formando parte de España? ¿Se constituirá como nación independiente? Y si es así, ¿en el marco de la Unión Europea o fuera de ella? Las relaciones comerciales, los movimientos migratorios de personas, el respeto por los derechos civiles, ¿cómo se verán afectados?

La Unión Europea asiste incrédula a lo que está pasando aquí. Las costuras de la Unión están muy tensas y supuran un auge de la extrema derecha que recuerda a tiempos oscuros. Está por ver que eso no derive en un gobierno neofascista en alguna de las potencias europeas. Es un riesgo latente que guarda paralelismos con la pujanza de los nacionalismos: el amor exacerbado por lo propio es el primer enemigo del respeto por el vecino. Pero, buscando luz en las tinieblas, permítanme una reflexión que, aquí, es voz común: los gobiernos europeos temen la aparición de situaciones análogas a la catalana dentro de sus fronteras y no van a dejar que nuestro conflicto territorial desemboque en algo peor. Desde la óptica europea, una España unida es garantía de estabilidad financiera, de serenidad en los debates identitarios y de control de las fronteras con los países del Magreb.

Aunque, ¿no deberíamos ser más proactivos aquí? ¿Qué nos pasa, para tener tanto miedo a negociar y buscar soluciones dialogadas? Se protagonizaron, a golpes de porra, imágenes que han internacionalizado lo que hasta entonces parecía un conflicto exclusivo de nuestras fronteras. Esta acción, contundente e innecesaria a mi juicio, ha hecho que los socios de España rebajen sus niveles de adhesión a su política y se oigan voces llamando al diálogo entre las dos partes. Lo que, a ojos de quienes vivimos aquí, redundaría en una solución pacífica. Esto encajaría bien con el carácter catalán. No se engañen, encabezamos nuestro orden de prioridades con la paz y la convivencia. Después, las banderas.