Isaac Asimov

YO, ROBOT

“-Y la cuestión que inmediatamente se presenta -continuó Cutie imperturbable-, es: ¿cuál es la causa de mi existencia?

Powell se quedó boquiabierto.

-Estás diciendo tonterías. Ya te he dicho que te hicimos nosotros.

-Y si no nos crees, con gusto volveremos a desguazarte -añadió Donovan.

El robot tendió sus fuertes manos con un gesto de imploración.

-No acepto nada por autoridad. Para que no carezca de valor, una hipótesis debe ser corroborada por la razón, y es contrario a todos los dictados de la lógica suponer que vosotros me habéis hecho.

Powell detuvo con su mano el gesto amenazador de Donovan.

-¿Por qué dices eso, exactamente?

Cutie se echó a reír. Era una risa inhumana, la risa más mecanizada que había surgido jamás. Era aguda y explosiva, regular como un metrónomo y sin matiz alguno.

-Fíjate en ti -dijo finalmente-. No lo digo con espíritu de desprecio, pero fíjate bien. El material del que estás hecho es blando y flojo, carece de resistencia, y su energía depende de la oxidación ineficiente del material orgánico… como esto -añadió señalando con un gesto de reprobación los restos del sándwich de Donovan-. Entráis periódicamente en coma, y la menor variación de temperatura, presión atmosférica, la humedad o la intensidad de radiación afecta vuestra eficiencia. Sois alterables. Yo, por el contrario, soy un producto acabado. Absorbo energía eléctrica directamente y la utilizo con casi un ciento por ciento de eficiencia. Estoy compuesto de fuerte metal, permanezco consciente todo el tiempo y puedo soportar fácilmente los más extremados cambios ambientales. Estos son hechos que, partiendo de la irrefutable proposición de que ningún ser puede crear un ser más perfecto que él, reduce vuestra tonta teoría a la nada”.

“Yo, robot” es uno de esos libros que, de joven, te llenan la cabeza de inquietudes e ilusiones, por lo que, de entrada, merece figurar entre las obras imprescindibles de cualquier sistema educativo. Y, si a esto le sumamos un cierto componente profético con respecto al desarrollo de las inteligencias artificiales, el cóctel literario es muy valioso.

Vaya por delante que, en aquellos años 90 en los que ni soñábamos con la existencia de Internet, esta obra era complicada de encontrar en las librerías de Barcelona, una situación felizmente resuelta que conviene no obviar, pues cabe tomarla como un guiño del destino en favor de la tecnología que tanto fascinó y preocupó al genial Asimov. Por eso, cuando entré por primera vez en diálogo con la psicóloga Susan Calvin, nuestra Virgilio en “Yo, robot” si se tratase de la Divina Comedia, me sentí con derecho a discrepar… aunque no conseguí hacerlo.

En consonancia con esto, el libro rebosa ironía, un recurso especialmente útil para que el lector, quien presuntamente desconoce cualquier término relacionado con la robótica (tened presente que la obra data de 1950), perciba el asunto humanizado y, desde la primera página, aceptamos la presencia de lo artificial. Incluso, con ternura. El truco: Asimov comienza su primer relato con la historia de un niño y, en nuestra mente, sin darnos cuenta, planta la semilla del “nacimiento” de los robots, de su abrir los ojos a la humanidad, que no comprende los sentimientos de las máquinas de manera análoga a cómo los adultos somos incapaces de entender los conflictos interiores de los niños. Este recurso literario es ejecutado con naturalidad, gracias a finas dosis de humor y a diálogos entre personas sencillas.

Es así como llegamos al tercer cuento, titulado “Razón”, en el que el adorable robot Cutie, semejante a un Descartes del futuro, formaliza una aguda crítica social desde postulados tan coherentes que no los podemos refutar. Asusta que los humanos del relato no tengan más argumentación que apelar a emociones muy primarias, en un espectro que abarca desde la sorpresa inicial hasta la ira y el miedo finales, de manera que el lector percibe que cualquier defensa de la supremacía humana es de una terrible ingenuidad que no entra ni en el campo de lo opinable: el mundo será de las máquinas tanto si estamos dispuestos a aceptarlo como si no.

Partiendo del respeto al diferente como premisa fundamental de la obra y del progreso como consecuencia implacable del devenir del tiempo, “Yo, robot” es un clásico moderno del que se suelen poner en valor las archiconocidas “tres leyes de la robótica”, que articulan las bases de la futura convivencia entre máquinas y humanos. Estas son:

1. Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.

2. Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entrasen en conflicto con la primera ley.

3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.

Sin embargo, es justo reconocer el mérito filosófico que la obra contiene en su globalidad, una suerte de “Ética a Nicómaco” escrita por un Platón moderno que hiciese las veces de Aristóteles. La sociedad, en tiempos de Asimov, venía de pasar las vicisitudes de la II Guerra Mundial, cuya herida supuró largo tiempo, expresándose en horrores como el Apartheid o la Guerra de los Balcanes, entre otros tantos actos de barbarie. Quedaba patente que nuestra capacidad de autodestrucción como especie seguía descontrolada y que la moral, en su desarrollo, había perdido la carrera con el avance tecnológico. ¿Tecnología? ¿Ciencia? Sí, desde luego, pero para arrojar luz sobre las tinieblas del mito y la superstición, no para hacer continuos actos de fe en una nueva religión. Asimov es un faro que nos indica el camino para, en la medida de lo posible, conciliar lo mejor de ambos mundos, el humano y el de las máquinas.

Aprecio en su prosa que no se pierda en descripciones técnicas cuando lo fácil era tomar ese camino, ya que hace cercano lo que creíamos distante, sostiene nuestra atención tratándonos como a iguales ante la distopía, no como a los niños asustadizos que demostramos ser ante lo desconocido. Como contrapunto, estas palabras de Cutie, con las que zanja la discusión con los humanos del texto que precede a este ensayo:

“-Me gustáis. Sois criaturas inferiores, pero realmente siento cierto afecto por vosotros. Habéis servido fielmente al Señor y él os lo recompensará. Habiendo terminado vuestro servicio, no existiréis probablemente por mucho tiempo, pero mientras existáis, tenemos que procuraros comida, ropas y abrigo, a condición de que os mantengáis apartados de la sala de controles y de la sala de máquinas”.

¿No os parece muy elocuente que “se aparte” a los humanos de la toma de decisiones? Esto me recuerda una anécdota, una vivencia de un amigo que tiene un Tesla. Me dijo que, al hacer una maniobra, el coche “le castigó”, deteniéndose en un lateral de la carretera e impidiéndole conducir por unas horas, tras anunciarle que lo que había hecho no era conforme a las normas de conducción en España.

 

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