Emily Dickinson

EN MI FLOR ME HE ESCONDIDO…

En mi flor me he escondido

para que, si en el pecho me llevases,

sin sospecharlo tú también allí estuviera…

Y sabrán lo demás solo los ángeles.

 

En mi flor me he escondido

para que, al deslizarme de tu vaso,

tú, sin saberlo, sientas

casi la soledad que te he dejado”.

La voz de Emily Dickinson es original, pues se adentra en los recovecos del alma con sutileza, como si temiese ser rechazada. Es notable que sus versos sean el reflejo de su forma de vivir, pues destilan sinceridad, a la vez que una amargura libre de estridencias.

Siento especial predilección por este poema, “En mi flor me he escondido…”. El mismo título es un archivo de tristezas, en el que esta poeta contradictoria, nacida en pleno romanticismo, pero máxima exponente del puritanismo, desvela sus intenciones. Nada más indicado que una flor, como las que obsequiaba a los invitados que acudían a la casa de sus padres, para recibirnos en la lectura, aunque las obras de esta colosal escritora recibieron, en su mayoría, el título tras su muerte. Desde ahí, en un diálogo interno que solo admite ser susurrado, tomamos contacto con la escritora enclaustrada, quien no abandonaba la seguridad de su habitación y del jardín, bajo la promesa de mantener en secreto los sentimientos que nos confía.

El primer verso, que titula la obra, evoca la necesidad de ocultar al mundo la delicada fragancia de su persona, no fuese a ser que un suspiro la disipase. La presencia fantasmagórica de Emily, su extremo recogimiento, se hace corpórea en las palabras.

En el segundo, expone un ruego en forma de hipótesis, como si no se sintiese digna, como si la persona escogida pudiese obviarla. Contrapunto: aspira a ocupar el pecho de su amor, en un pensamiento que revela la pureza de sus intenciones. Es, el de Dickinson, un amor que se canta al alba, son inconcebibles otro tipo de pasiones.

El tercer verso abre puertas al misterio. En primer lugar, porque la persona amada (muy probablemente se tratase de un conocido de la familia con quien no podía casarse) tampoco puede saberse querida con certeza, pues el encanto del amor es frágil y podría quebrarse.

Cierra el primer cuarteto un verso cuya misión es velar por el misterio con gran ternura. Este es un recurso del que se nutre reiteradamente la filmografía de Spielberg (desconozco si está familiarizado con la poeta), pues hace del secreto algo familiar al espectador y ajeno al mundo. Recuerdo, por ejemplo, que en E.T. destaca la ausencia de periodistas, ya que el misterio nos conmueve porque se trata de un asunto que compartimos solo con Elliot y sus amigos.

Del segundo cuarteto me gusta la coherencia que el discurso de Emily mantiene con el fondo de la cuestión, con su pequeño mundo privado, de belleza espectral, delicado. La palabra clave es “vaso”: el cristal participa de estas cualidades e impregna los cuatro versos, facilitando que el poema muera dulcemente y alcance la inmortalidad.

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