Eurípides

ANDRÓMACA

ANDRÓMACA.-  ¡Ay de mí! Me estás poniendo entre la espada y la pared. Si tengo suerte me espera la tristeza y, si no la tengo, la desgracia. ¡Oh, tú, que aplicas grandes remedios a males insignificantes!, hazme caso. ¿Por qué me matas? ¿Por qué razón? ¿A qué ciudad he traicionado? ¿A cuál de tus hijos he dado muerte yo? ¿Qué mansión he incendiado? A la fuerza me acosté con mi señor. Y, ahora, ¿me vas a matar a mí y no a él, que es el culpable de esta situación? Dejas a un lado lo que está al principio y te vas al final, a lo que viene después. ¡Ay, de mis males! ¡Ay, pobre patria mía! ¡Qué terribles sufrimientos estoy pasando! ¿Qué necesidad tenía yo de parir y de añadirle doble carga a la carga de mis males?  Yo, que presencié el asesinato de Héctor arrastrado por el carro y el espantoso incendio de Ilión. Yo, que embarqué como esclava en las naves de los argivos, arrastrada por mi cabellera. Y, una vez que llegué a Ptía, paso a ser esposa del asesino de Héctor. ¿Qué placer, pues, voy a encontrar en vivir?

En esencia, Andrómaca trata de la tragedia de la viuda de Héctor, tras la caída de Troya, hecha esclava por el hijo de Aquileo. Ha tenido un hijo con su amo. La esposa de este, Hermíone, trama venganza llevada por los celos, pues teme que el joven se divorcie de ella. El gran momento de la obra llega cuando, en el colmo de la crueldad, a la virtuosa Andrómaca se le ofrece la oportunidad de poner a salvo su vida… a cambio de la de su hijo.

He meditado largo tiempo sobre cómo presentaría Andrómaca pues, siendo Eurípides mi ídolo literario, se me podría acusar de falta de objetividad. Y, en efecto, sería absurdo pretender lo contrario: mi admiración por el griego carece de medida.

Andrómaca, en concreto, es más que teatro ático, es una forma de ver la vida. La vida euripidiana, de apariencia contradictoria, independiente del poder, racional con vocación de mística. Conceptos poco apreciados durante la etapa histórica que le tocó vivir al “más trágico entre los trágicos”, tal y como le describió otro griego inmortal, Aristóteles.

Eurípides formó parte de la llamada “gran generación”, la de los sabios que hicieron florecer Atenas tras la batalla de Salamina. Fueron mentes preclaras, valgan como ejemplo los historiadores Tucídides y Heródoto, conocedoras de los avances de la democracia y conscientes del cambio de perspectiva de la vida en sociedad tras los desastres de la guerra. Mas, sin embargo, pese a este pensamiento inspirador, cuesta encontrar a Eurípides cómodo entre sus coetáneos. De hecho, su fama es de poeta fuera de lugar, más cercano a las ideas de Sócrates que a las de Protágoras, como si hubiese retrocedido una generación en lugar de avanzar. Fue, aceptemos la dura realidad, poco amado por las gentes de su tiempo. Eurípides, quien optó por el destierro en su vejez (¿acaso puede haber un destino más doloroso para un griego?), cultivó el vicio de meter los dedos en la llaga del orgullo ateniense. En mi opinión, porque esperaba más de sus vecinos.

A veces me resulta complicado distinguir al Eurípides tragediógrafo del niño que debió ser cuando los griegos defendieron el Mediterráneo en las naves de muchos bancos. En la riqueza de sus textos se aprecia la desilusión de quien, tras la crisis bélica, miró al futuro con esperanza. Al menos, por un tiempo. Porque, leyendo sus obras, queda el lector a las puertas de transformaciones sociales profundas. Las que hubiesen dado cuerpo a la vida autónoma en sociedad; las que no acabaron de llegar porque la ciudad, al sentirse fuerte, olvidó que las relaciones que funcionan se basan en la solidaridad. Y es que, pese a que la Atenas de los filósofos deslumbra por sus grandes aportaciones al desarrollo de la humanidad, era práctica común la esclavitud, las mujeres estaban silenciadas y los políticos llevaron la ciudad a la ruina. No es de extrañar que nuestro héroe llegase a posiciones de escepticismo y oposición frente a la sociedad que tanto amaba. El castigo no se hizo esperar: del centenar de obras que presentó en certamen solo unas pocas resultaron premiadas.

Gustos personales aparte, el primer motivo por el que me atrapó Andrómaca fue por su calidad técnica, de la que suele destacarse el maravilloso canto elegíaco, único que conocemos en el género de la tragedia ática, en el que la pobre Andrómaca, informada de que su hijo corre gran peligro, lamenta su suerte. Poco después, el párodos (la llegada del coro), cuya composición incrementa la dificultad a la que se enfrentó el escritor, quien lo sublimó con cambios de tipo de metro, pasando del dactílico en la primera estrofa al yámbico en la antístrofa, un modo de hacer que me recuerda al coro “Va, pensiero”, de Nabucco, cuando Verdi tradujo las emociones cambiantes de los esclavos reunidos a orillas del Éufrates a lenguaje musical, haciendo que, sobre una base con notas poco ambiciosas, todas las voces suenen al mismo tiempo en una hermosa melodía. Y este aún lo complicó más: la sección de viento dobla las voces, pues el ansia de libertad de los oprimidos no admite barreras. Esta forma de escribir, ya sea literatura o música, parece muy fácil pero, creedme, es dificilísima. La posibilidad de que una idea pura se convierta en un mejunje intragable está ahí, hay que ser un Eurípides o un Verdi para hacerlo bien.

Otro de los motivos por los que Andrómaca me gusta tanto es porque pone de manifiesto los horrores de la guerra, que llevan a la corrupción de los mejores valores humanos. La desintegración de las virtudes es manifiesta en la ira ciega de Hermíone, obsesionada con llevar a cabo actos abominables. ¡La hija del rey! Es un aviso euripidiano, nos alerta de que, si no somos cuidadosos y exigentes con las instituciones públicas, seremos manipulados y arrastrados hacia la destrucción por nuestros dirigentes. Por desgracia, como os decía, a los atenienses no les gustó el mensaje. Es comprensible que, tras el patriotismo exacerbado de los tiempos bélicos, no les hiciese gracia que una voz se alzase para decirles que no eran tan buenos como se pensaban; se puede perdonar entonces que, hastiado de la aversión que provocaba su arte, Eurípides perdiese la fe en los atenienses y se afincase donde era amado, en los confines del mundo griego: Macedonia.

Y, en tercer lugar, aprecio mucho que, como era habitual en lo que conservamos de sus obras, diese voz a la mujer. No de forma maniquea, sino hasta sus últimas consecuencias. Las heroínas euripidianas no admiten freno a sus pasiones, tanto para bien como para mal, lo que escandalizó a la sociedad ateniense, horrorizada porque el dramaturgo mostraba a las señoras y, para colmo, estas se significaban por su inteligencia. De pronto, el problema: la Atenas de las libertades descubre, en público, que tiene sometida a la mitad femenina de su población. Si a esto le sumamos la constante crítica a la esclavitud que se desprende de las obras de Eurípides, podremos apreciar que, a ojos de la sociedad, estaba completamente desubicado. Había nacido, para su desgracia, siglos antes de su tiempo.

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