Kenzaburo Oé

-Esta vez sí que hiciste frente a los problemas -dijo el profesor.

-En realidad intenté zafarme varias veces. Y casi lo logro. Pero parecía que la realidad lo obligara a uno a vivir adecuadamente cuando se es parte del mundo real. Quiero decir que, aunque uno intente permanecer en la red del engaño, al final descubre que la última alternativa es salirse de ella -Bird se sorprendió de la amargura contenida en su tono de voz-. Al menos, eso es lo que he aprendido.

-Hay personas que toda la vida van saltando de un engaño a otro, e igualmente viven en el mundo real.Bird volvió a rememorar el carguero que unos días antes había partido con destino a Zanzíbar, con Himiko a bordo. Se imaginó a sí mismo, después de matar al bebé, de pie a su lado en lugar de aquel hombre de aspecto juvenil. Una perspectiva del Infierno bastante tentadora. Tal vez esa posibilidad se cumpliera en alguno de los universos de Himiko. Abrió los ojos y regresó al universo en el que había escogido permanecer.

Una cuestión personal es ejemplo paradigmático de la llamada “literatura del desastre”, tal como la generación de escritores japoneses de la II Guerra Mundial fue llamada. Hay mucho de Sartre, a primera vista, en la novela, pero el personaje principal (Bird, un profesor) es, inequívocamente, Oé. En cuanto a su meta, África, es más que un lugar al que huir: es un estado de cosas en el alma. Porque la novela trata de un joven profesor cuya vida queda devastada al nacer su hijo con una terrible discapacidad: se le cae el mundo, se le escapa el amor, huye de él toda humanidad.

La literatura japonesa contemporánea es, desde mi perspectiva, un hermoso crisantemo cuya raíz es Mishima, el tallo es Oé y las flores son Murakami. Son tres gigantes de prosa exquisita, imprescindibles para quien se diga amante de las letras, sin cuya participación sería incomprensible el paso del siglo XX al XXI.

La primera vez que leí a Kenzaburo Oé fue porque acababa de recibir el Nobel de Literatura. Después, con la concesión del galardón a unos cuantos escritores francamente pequeños (lo de Bob Dylan da para arrojarse al precipicio más oscuro), abandoné esta costumbre. Sin embargo, en el caso del japonés, visto lo que fue viniendo después, el Nobel se queda corto. Oé, en cualquier universo en el que viviésemos, sería un gigante.

Muchas veces me he preguntado cuál es el mejor modo de escribir. Me refiero al estado emocional. ¿Se escribe la gran obra en época de crisis personal? ¿Tal vez, cuando se está relajado? En mi caso, necesito la alegría. Eso no quiere decir que sea en situaciones maravillosas, pues el mundo puede estar sufriendo y uno se pone a teclear de forma frenética. Me refiero a la alegría por lo pequeño, un tanto egoísta, de corte epicúreo. Llegan las musas, atraídas por esa sonrisa del alma, y todo desaparece hasta que, literalmente, a los dedos les salen llagas.

En el caso de Oé, parece ser que es justo lo contrario. Sus obras son muy duras, mira la vida con la angustia de saber que el ser humano está perdido. Hay que precisar que existe lugar para la esperanza en sus escritos, pero esta exige un precio: para salvar a la humanidad hay que identificar qué la corrompe. Se puede tratar de un proceso de corrupción en diferentes niveles, ya sea de uno mismo o de la comunidad de la que participa. Recordemos que el escritor, llevando esto a sus últimas consecuencias, ganó hace unos años el juicio al que fue llevado por el Ejército de Japón, a resultas de su célebre ensayo Notas de Okinawa. A las autoridades militares no pareció gustarles que Kenzaburo denunciase que habían incitado a civiles (principalmente a niños, mujeres y ancianos) a suicidarse cuando los soldados norteamericanos desembarcasen en la ciudad en la II Guerra Mundial, asustando a la población con terribles torturas por parte del enemigo. Imagino lo que lloró Oé escribiendo el ensayo; no consigo imaginar las presiones que debió recibir hasta la liberadora sentencia de marzo de 2008. Es, como suponéis, una lectura amarga pero, si alguna vez escucháis a algún descerebrado haciendo llamados a la guerra, os servirá para ponerle en su sitio.

La riqueza del lenguaje de Kenzaburo Oé solo admite tratos con su capacidad para describir los intangibles que configuran un ambiente. Su prosa es tan imprescindible que sería injusto nombrar una obra por encima de otra (¿cómo, si no es a cuenta de la propia honradez, dejar de mencionar clásicos como Arrancad las semillas, fusilad a los niños o Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura?). Sin embargo, trataré de ser conciso y me referiré solo, a partir de aquí, a sus Cuadernos de Hiroshima y a la novela más amarga que conozco, Una cuestión personal (obra con la que encabezo este artículo y que, solo si os sentís preparados emocionalmente, os recomiendo leer).

Los Cuadernos de Hiroshima pueden entenderse como un reportaje sobre una conferencia mundial contra las armas nucleares. Esto, si leer no os apasiona. En cambio, si la lectura forma parte de vuestro modo de ser, la obra adquiere una significación que, desde lo objetivo (que los habitantes de Hiroshima, tras ver arder los cielos, recuperasen sus vidas. Sin obviar, desde luego, los dolores crónicos y la muerte de seres queridos) hasta lo subjetivo (el nacimiento de Hikari, cuya discapacidad atormentó a Kenzaburo hasta límites diabólicos antes de que, finalmente, la aceptase). Para él, futuro Nobel, fue una catarsis. Los testimonios de las mujeres desfiguradas, el heroísmo de los médicos que se enfrentaban a la radioactividad sin ser reconocidos, la evidencia de los ancianos que habían perdido su legado generacional y estaban condenados a la soledad… le abrieron los ojos. Su tragedia personal, aunque le dolía y nunca dejaría de acompañarle, le pareció, desde entonces, una carga llevadera. “Me sentí impelido a examinar mi completa condición humana, reexaminé mis ideas y asumí un sentido moral de la existencia. Desde aquel día, miro el mundo con los ojos de las gentes de Hiroshima”, dijo al periodista Xavier Ayén Pasamonte.

Sobre Una cuestión personal podría extenderme de manera ilimitada, pero seré breve y glosaré la presentación diciendo que es la novela que a mí me hubiese gustado escribir. Siento envidia por Oé (creedme, los escritores no acostumbramos a desvelar estas pequeñas miserias), una profunda admiración desde que este librito llegó a mis manos. Es una lectura que os llevará poco tiempo y, sin embargo, os destrozará el alma para siempre. No vuelves a ser el mismo desde que entras en la cabeza del profesor que protagoniza la obra. Es como si, en la visita a una bodega, tu vaso contuviese cristales rotos. Cada palabra, desde que entra por los ojos, te abre surcos que, al sangrar, encharcan tus pulmones. Escritas, eso sí, con un dominio del adjetivo y del tono de los sonidos abrumador. Se aprende más literatura en las páginas que Kenzaburo Oé dedica a describir el vómito del protagonista que en las obras completas de muchos nombres conocidos.   Es hermoso, y triste a la vez, escuchar las ramas de los árboles al paso del profesor, ensimismado en su desgracia y en el viaje que proyecta, pues alejarse de todo no es más que caer en lo peor de uno mismo. El silencio, de nuevo un sonido abundante en esta novela, es húmedo, produce sofoco, estallando en estridencias de amarillo limón cada vez que, aterrorizado por las miradas, el académico ofrece la espalda al alumnado esperando, simplemente, no estar allí.

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