Georges Touchard-Lafosse

CRÓNICAS DEL OJO DE BUEY

(…) Richelieu estaba sentado en un ancho sillón de damasco rojo, cuya madera desaparecía por completo bajo una espesa capa de oro molido. La magnífica estancia aparecía enteramente rodeada por una inmensa biblioteca, algunos de cuyos folios se mostraban abiertos en el suelo. Frente al ministro, una gran mesa sostenía multitud de papeles y pergaminos, unos con los sellos reales y otros con planos de fortalezas, corregidos a lápiz por Su Eminencia, que, con un codo apoyado sobre dicha mesa, parecía sumido en profundas meditaciones.

Aunque el criterio generalizado es que Molière es el estandarte de las letras francesas, el mío particular es que el más grande fue Georges Touchard-Lafosse, cuyo talento como narrador es mi canon cuando pretendo hacer presentaciones de personajes. Veremos, en este breve ensayo, cómo se las ingenia para presentar al cardenal Richelieu en sus Crónicas del ojo de buey, una obra monumental y hermosa de intrigas palaciegas, especialmente recomendable si os apetece pasear a orillas del Sena, que inspiró a Dumas para componer las conocidas novelas de D´Artagnan.

En el párrafo que esta semana analizamos en la Academia, Georges elabora un andamio que le servirá para describir el rostro de Richelieu, que examinaremos en un futuro ensayo. El objeto de este escrito es poner de relieve cómo Touchard-Lafosse juega con nuestro subconsciente para crear una atmósfera que nos predispone a aceptar al cardenal como autoridad que no responderá ante otros, como si fuera un demiurgo que, por encima del Bien y del Mal, hace y deshace a su antojo en las camarillas de la corte de Luis XIII en su intento de entroncar con la familia real. Será, más que una persona, una fuerza civilizadora desbocada y oscura.

La primera frase no admite debate: Richelieu asienta sus posaderas en el lujo. Su desmedida ambición, cuyo anecdotario personal merece capítulo aparte, se escribe en rojo pasión y en tonos dorados, pues a través de la opulencia camuflará sus pecados y se hará adorar. Su dominio de los salones de la corte fueron la clave que propició su encumbramiento, comprando secretos inconfesables de los nobles aseguró que nadie frenase sus intereses, incluyendo propuestas indecorosas a la reina Ana para engendrar un varón que sucediese a Luis XIII y controlarlo desde las sombras.

Encontramos, inmediatamente, la biblioteca como espacio particular del cardenal. Por supuesto, no es por casualidad, pues un hombre que vivió solo para su vanidad no podría haber sido exitoso de no contar con una mente lúcida y cultivada. La potente red de espionaje urdida por Richelieu, ansioso de ver su nombre entre los ligados al palacio del Louvre, le llevó a movilizar soldadesca de toda Europa mediante guerras económicas, políticas y de fe, así como de ordenar la ejecución de sus rivales políticos, entre los que me llama la atención el Duque de Buckingham, convertidos en enemigos del Estado cuando, en realidad, eran enemigos personales de Su Eminencia. En este sentido, que haya folios en el suelo y abiertos a él significa, a mi entender, su avasalladora erudición.

Las soluciones de Richelieu implicaban mucha muerte. La lucha por el poder, un fenómeno que no era nuevo en la época y que sigue vigente en la nuestra, requería formular la historia a su imagen, transformando los lugares comunes en nuevas estructuras que estuviesen emponzoñadas por el cardenal, donde su voz no fuese discutida. Por eso, alegóricamente, las sólidas fortalezas no son mas que borrones en los planos y planes de Richelieu, una bella forma de darnos a conocer la naturaleza práctica de su alma retorcida. El codo, apoyado en la mesa, es una reminiscencia de los posados reales que podemos ver en los museos, en los que el monarca de turno apoya la mano sobre las leyes para dar fe de su autoridad. En el caso de Richelieu, adueñándose del sello real, cavilando sobre sus próximos movimientos, como un ajedrecista. En esta antesala a la descripción del rostro de Richelieu, Georges ha configurado con elegancia un halo alrededor del cardenal que nos facilita sutilmente la comprensión del individuo en su circunstancia. Luego, si nos apetece sumergirnos más en la historia del que fue jovencísimo obispo de Lucon (el avispado Armand fue ordenado obispo a la insólita edad de veintidós años, gracias a una treta muy ingeniosa con la que chantajeó al Papa), entenderemos su empuje para crear la Academia Francesa: manipularla y, así, hacer olvidar la obra de Racine, ya que esta alimentaba la inteligencia del pueblo.

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