Herman Melville

MOBY DICK

“Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala. Catón se arroja sobre su espada, haciendo aspavientos filosóficos; yo me embarco pacíficamente. No hay en ello nada sorprendente. Si bien lo miran, no hay nadie que no experimente, en alguna ocasión u otra, y en más o menos grado, sentimientos análogos a los míos respecto del océano”.

Iremos conociendo a Ismael, como personaje principal de la novela Moby Dick, a lo largo de la obra, pero Melville pretende, con el recurso de esa presentación tan directa (“Llamadme Ismael”), que ya es icónica, que no haya la más mínima duda sobre la naturaleza autobiográfica del texto. Luego, conforme avanzamos en su lectura, vamos entendiendo su carácter alegórico, pero sin perder ni un instante los ojos del escritor norteamericano clavados en los nuestros.

Pronto conocemos que el chico es pobre. No es un detalle baladí pues Melville, habiendo nacido en el seno de una familia rica, conoció en su adolescencia los sinsabores de la ruina, acompañados de la horfandad y de la caída abrupta de la escalera social con el más que probable suicidio de su padre. Esto último, debido a las fuertes convicciones religiosas de la familia, tuvo consecuencias más allá de la trágica pérdida, pues el sentimiento de vergüenza fue devastador. Ha de entenderse esta situación en el contexto de una nación cuyos vínculos se estaban rompiendo, a caballo entre la Guerra de Independencia y la Guerra de Secesión, cuyo glosario admite ser definido por la frase lapidaria del capitán Ahab “(…) no hay locura de los animales de este mundo que no quede infinitamente superada por la locura de los hombres”. Por tanto, Melville, como Ismael, asume que nada tiene, incluyendo el sentido de la vida, un concepto que el joven marinero buscará, inconscientemente, en el barco ballenero Pequod. Será el dinero (la clase social) un faro moral distorsionado, tanto en el pueblo de pescadores como en el barco, que abrirá los ojos a la madurez al joven, pues comprenderá que el verdadero tesoro de las personas no está en su cartera, sino dentro del pecho.

“(…) cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes” es una de las frases más bellas de la literatura universal. La melancolía que expresa define de forma absoluta quién es Ismael y en qué momento de su vida se encuentra. Nos explica el porqué de su querencia a echarse al mar, ya que seguir un solo día más instalado en la rutina carece de sentido. Todos somos un poco Ismael, otra cosa es que no nos atrevamos a aceptarlo.

En cuanto a la hipocondría, tan frecuente en los escritores y tan justificada en Melville por su herida en la pierna en los Mares del Sur, cobra cuerpo en los continuados temores del chico, cuya medicina son las experiencias de la vida y el contacto con el polinesio Queequeg, reminiscencia de los caníbales con los que Melville convivió en la isla de Nuku Hiva hasta que fue vendido como esclavo a un barco ballenero. Lo que hoy se llamaría un síndrome de Estocolmo en toda regla que, hasta el final de sus días, acompañaría al escritor. Probablemente esa herida inspirase la mutilación de Ahab, devorado por su propio monstruo como el mismo Melville sucumbió al alcoholismo y a la ira, por mencionar algunos de sus demonios personales. Herman Melville aborda sin paños calientes la idea del suicidio (que, lejos de ser algo romántico, es el producto de una enfermedad) para poner al personaje en situación, con el fin de que no nos resulte extraña su peligrosa aventura, predisponiéndonos a conocer las partes ocultas de nuestro alma. Elabora, con este preámbulo, un inicio de narración que, sin concesiones, nos sitúa frente a uno de los pilares de la cultura occidental pues, ahora que conocemos a Ismael, ¿qué más dan su aspecto físico o el modo en que se vista?

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