Robert Louis Stevenson

LA ISLA DEL TESORO

“- (…) Con England llegué a sacar en limpio unas novecientas libras y, con Flint, sobre dos mil. No está nada mal para un marinero… y todo lo tengo a buen recaudo en el banco. No es el ganar lo que reluce, si no lo guardas; eso es algo que tenéis que aprender. ¿Qué fue de todos los que iban con England? Nadie lo sabe. ¿Y la gente de Flint? La mayoría estáis aquí, a bordo, y bien contentos de que pronto se os llene la tripa, pero hace poco bien que muchos de vosotros mendigabais una limosna por ahí. El viejo Pew derrochó, y eso que era ciego, mil doscientas libras en un año, como un lord del Parlamento. ¿Y qué ha sido de él? Ahora está pudriéndose bajo las escotillas; y los dos últimos años de su vida los pasó muriéndose de hambre. Andaba pidiendo limosna, robando, asesinando… y, con todo, se moría de hambre.

-Tampoco da la vida para mucho más -dijo el marinero joven.

-No a los tontos, eso tenlo por seguro; no saben aprovechar -exclamó Silver-. Pero escúchame: eres joven, desde luego, pero listo como el diablo. Lo vi en cuanto te eché la vista encima, y voy a hablarte como a un hombre.Fácil es imaginar lo que sentí al escuchar esas palabras que aquel abominable viejo bribón ya había empleado para engatusarme a mí. De haber podido, lo hubiera matado a través del barril”.

“La isla del tesoro” fue la primera novela que leí, la que abrió los ojos al mundo del niño que era y dejó una huella profunda en el escritor que soy ahora. Es mi forja, el crisol de aquello a lo que he consagrado mi vida.

Esta obra que se enmarca en el género de las novelas de aprendizaje, escrita con la voz en primera persona del jovencito Jim Hawkins, quien se hace hombre en las páginas del libro, nació como un juego de familia en el que Stevenson fue poniendo texto al dibujo de una isla de piratas hecho por su hijastro en unas vacaciones. Conviene tener esto muy presente al leer, pues lo lúdico acompañará al relato en todo momento, como si este clásico hubiese sido redactado hoy por un director de campaña de Dungeons & Dragons. De hecho, tenemos la clásica posada en la que empieza todo, un aviso que nos pone en alerta, la muerte insospechada de un personaje oscuro, un mapa del tesoro, el largo viaje, traición, combates, guardias nocturnas, comportamientos heroicos… y un lorito llamado Capitán Flint que pone las notas de humor. Esto, publicado en 1883.

El fragmento escogido es fruto del padre del propio Stevenson, quien imaginó al joven Jim escondido en un barril de manzanas (en realidad estaba allí por accidente). Esto dio pie a que, cuando los marineros se reúnen para amotinarse contra el capitán, Jim (y nosotros con él) descubre que la persona en quien más confía es un pirata. Es una forma divertida de enfrentarse a la tragedia, un ingenio literario que fluye muy bien. ¿Verdad que, en televisión, estamos cansados de ver al antagonista confesar su plan magistral en lo que parece ser una absurda intención de ser detenido? Pues Stevenson nos desvela las intenciones del capitán pirata de forma amena y… ¡verosímil! Es casi mágico deleitarse con ese momento de tensión, en alta mar, en un sótano atestado de piratas armados hasta los dientes, del que la inocencia sale triunfadora porque el mal, a pesar de su poder abrumador, no se percata de que es espiado.

Stevenson narra el momento con solidez: hemos estado muchas páginas en compañía de John Silver el Largo con la convicción de que algo ocultaba, pero nos obligábamos a soslayarlo porque cuando guiñaba el ojo parecía un buen tipo y siempre tenía una historia que merecía ser escuchada junto al fuego. Stevenson ha dejado que el cariño por Silver se nos fuese madurando como al joven Jim, quien se topa de bruces con la realidad: la amistad se revela, para ese hombre, menos valiosa que el vulgar dinero. El mundo infantil de Jim se quiebra en el tonel de manzanas; John Silver el Largo, cargado de buenas razones, las corrompe. ¿Alguien piensa que Stevenson llenó el barril con fruta del pecado original por casualidad?

Acaba la segunda parte del libro y, en lo que no iba a ser más que una excusa para conocer los planes de Silver, Stevenson hace un recorrido sobre la red de mentiras que ha tejido el pirata. Nos duele, especialmente, descubrir que Jim ha sido manipulado, que el pirata nos mentía mirándonos a los ojos. Y el jovencito, que se acaba de hacer hombre en esta escena, no sabe medir los sentimientos y desea asesinar a quien, poco antes, era su ídolo. Se escribió, en las mismas fechas, el Zaratustra de Nietzsche. ¿No os parece que hay algo de su “Dios ha muerto” en este pasaje? Pero sin tanto bombo, sin necesidad de aforismos grandilocuentes, sin estridencias.

Admiro a Stevenson por muchas razones. Una de ellas es por habernos dado a Silver. ¿Quién es ajeno a su idea del pirata con parche en el ojo, con pata de palo y con un loro al hombro? Creó un icono donde muchos habrían dibujado un personaje funcional, sin más. Tuvo el acierto de entender que la fuerza del pirata no estaba en su pericia con las armas, ni en su gran barco. La gracia de Silver es la viveza de su carácter, lo listo que es, que el maldito siempre te está engañando y no dejas de darle una oportunidad más. Porque Silver no es bueno, ni es malo… o sí lo es, pero nunca llegas a saberlo del todo. Seguramente porque las personas somos así, escritas en grises y en colores, no en blanco o negro.

“La isla del tesoro” es, a mis ojos, un tratado sobre la amistad. La de verdad, la que no entiende de edades, clases sociales o nacionalidades. La amistad que, en un fragmento emocionante, Jim sentirá que ha vuelto; la amistad, a veces imposible, que nos hace sospechar tanto de la frialdad de Silver como de su redención. Es una obra divertida y compleja, una crítica de la sociedad que ama el dinero, recomendable a cualquier edad, pues podemos apreciarla con ojos de niño o, amargamente, con la sensación devastadora de que, pasada la edad de la inocencia, el hombre ya no puede dejar de ser lo que es.

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